Si me paro sólo a ver la situación de mi amiga, al margen de que la empresa la quiere indemnizar con 20 días birlándole así 25 por año trabajado y aún no habiendo presentado el famoso ERE situación que llevará a buen seguro a ambas partes ante los tribunales, pues bien, al margen de esto que daría para otro post, la situación de mi amiga no es tan mala (que bueno es ser optimista). Y digo que no es tan mala porque tiene el tiempo de cotización suficiente para recibir la prestación por desempleo y estoy seguro de que durante ese tiempo ella que es una profesional competente, encontrará otro empleo sin ningún problema.
No obstante, si profundizo algo más en el análisis, el velo del optimismo cae dejando a la vista la mórbida desnudez del pesimismo voraz. Empiezo a vislumbrar que la legión de parados provenientes del mismo número de despidos tiene su origen en los beneficios empresariales que son el totem de la economía de mercado. Un número escandalosos de desempleados tiene incidencia directa sobre la cotización de la productividad de los propios trabajadores o lo que es lo mismo, a mayor número de trabajadores en paro y con problemas de liquidez menores retribuciones en los puestos de trabajo y mayores beneficios empresariales.
Yo siempre he pensado (quizá me corrigiera Leopoldo Abadía) que la riqueza es más difícil de crear que el dinero o, mejor dicho, que es más difícil generar utilidad que acumular capital. Y esto se ha demostrado años atrás cuando personas sin formación específica e incapaces de crear valor en su sector de competencia sí eran capaces de acumular beneficios por el mero hecho de que al capital se le habían abierto las compuertas y esto más que un bar era una barra libre. Bastaba con abrir una inmobiliaria con dos amigos para, con unas sencillas transacciones, ganarte unos cuantos kilitos y creerte Rockefeller. Todo era una burbuja pero era nuestra burbuja y allí vivíamos felices creyendo que la democracia era el mejor invento de la historia del mundo y que todos podíamos meter la mano en la caja de Pandora. Pero el bien compartido disminuye su valor mientras que la exclusividad de éste lo acrecienta. Eso lo saben bien los coleccionistas de sellos.
Así pues, la burbuja explotó y el gas que formaba su volumen fluyó en la dirección de siempre, léase banca, multinacionales, grandes fortunas, etc. y aquellos que nos creíamos los nuevos elegidos volvimos a nuestra monotonía ancilar y cíclica de trabajo-consumo-trabajo. Y quizá esto sirvió de aviso a la dicotomía gobiernos-multinacionales para que, en el futuro, no volviese a ocurrir que los advenedizos del capital se colasen en su salón de baile. Solución: despidos masivos, recortes generalizados y un nuevo orden consistente, no en la reglamentación de los flujos de capital o en el endeudamiento de las familias o en la acumulación de capital, sino en el valor de la producción laboral.
Con cerca de 5 millones de parados, cada uno con su drama personal, es muy fácil hacer decrecer las retribuciones de un puesto. "Esto es lo que hay y si no lo quieres ¡puerta! que hay cinco millones esperando". Así, la retribución media de cualquier profesional cae en varios puntos porcentuales que a ver quien es el guapo o la guapa que los recupera. Sin embargo, las necesidades (espurias, casi todas ellas) siguen siendo las mismas no en vano nos las han grabado a fuego a pesar de que nos creamos libres para elegir. Por lo tanto, aceptamos pulpo como animal de compañía y tiramos para delante como podamos pagando el Digital Plus, el móvil 3G, la ADSL, la Thermomix, el iPod, el iPad y el iPuf sin llegarnos el resuello al cuerpo. En esta situación y puesto que los cachivaches tan necesarios para nosotros siguen siéndolo, las empresas que los fabrican o que nos dan los servicios aumentan sus beneficios porque siguen vendiéndolos y han reducido el coste de producción al bajar las retribuciones de sus trabajadores. La distancia para alcanzar el limbo del capital se hace mayor para la denominada "clase media" y hay más margen para los experimentos mercantiles.
Y de esto no se libra ni la empresa pública y a ella se aplica en consabido "esto es lo que hay y si no..." con el aliño de que, en este caso, decrece la calidad y con ella la eficiencia de los servicios públicos que se hacen de este modo deficitarios (como si no lo fuesen ya) y, por tanto, susceptibles de ser privatizados y de poner en manos privadas algo que es patrimonio de todos. Una vez en manos privadas, se le aplican leyes de mercado y volvemos a lo de antes: aumento gradual de la distancia entre las grandes fortunas y la clase media que de seguir en esta secuencia terminará desapareciendo.
Quizá me haya salido un post un poco pesimista pero es que hoy estoy jodido porque han despedido a una amiga aunque no hay mal que por bien no venga. ¡Que viva el optimismo!