viernes, 21 de septiembre de 2012

Modelos

Hubo un tiempo en que los hijos seguían los pasos de los padres y de padre médico nacía hijo médico, de padre alfarero nacía hijo alfarero y así en sucesión de oficios y herencias. Hoy día, salvo el raro caso de los hijos de políticos que en buen número suelen seguir los pasos de sus padres (¿por qué será?) es raro, oh, triste Horacio, el hijo que sigue feliz los pasos del oficio paterno .


A veces porque el noble oficio se ha extinguido ante la natural predación del progreso, otras porque ese oficio apenas da para la más básica de las subsistencias y en la mayoría porque ese oficio ha ido perdiendo identidad hasta llegar a ser una sombra de sí mismo. Esta última es la más triste porque supone no una superación de antiguos procedimientos ni la falta de demanda sobre la misma sino la pérdida de valor de algo que es realmente necesario pero que no ha sido suficientemente defendido y puesto en valor.

Si yo hubiera sido, pongamos por caso, futbolista profesional, mi hijo, seguramente, querría seguir mis pasos con una vocación directamente proporcional a mis éxitos deportivos. Y no lo digo con desprecio hacia esa profesión cuya práctica hubiera querido llevar más allá del ámbito amateur en el que jugué pero hay algo perverso en el hecho de que profesiones cuya incidencia en las vidas presentes y futuras de las personas estén infinitamente menos valoradas que otras basadas únicamente en el show business y en el dolce fare niente. Hay algo que realmente no va bien cuando un profesional, pongamos por caso un médico, tiene que vérselas con los recortes, falta de medios, la creciente carga de trabajo y, además, se le echa más leña al fuego con declaraciones de cargos públicos en los que se insinúa que su estatus socioeconómico está por encima de sus resultados mientras el cantante, el actor, el escritor de best sellers o el deportista son agasajados, vitoreados, aplaudidos y recompensados hasta la extenuación por esos mismos cargos públicos que le dicen al bombero que es un “privilegiado”.

Esta actitud de quienes tienen cierta responsabilidad en la creación de referentes sociales entre los que están los políticos pero también los medios de comunicación, provoca –ha provocado ya- que toda una generación esté más pendiente del ganador del concurso de talentos que de los últimos avances científicos. Incluso ahora que lo escribo, me suena raro hasta a mí que alguien pueda tener interés en estos avances a no ser que sea su profesión, claro.

Esa misma generación tiene una capacidad de adaptarse a la tecnología que jamás tuvieron o tuvimos nosotros, adictos a los manuales de uso. ¿Alguien ha visto a un chaval leyendo el manual de uso de su smartphone o de su tablet? ¿A que no? Claro que no. Nunca lo harán. Tienen los fundamentos necesarios para desenvolverse adecuadamente con las nuevas tecnologías. Se trata de adaptación natural al entorno y si que cualquiera pruebe a darle una tablet a un niño de cuatro años. Se maneja mucho mejor que cualquier adulto que la coja por primera vez. Ellos no tienen que “desaprender” nada. Nosotros sí.

Sin embargo, esta capacidad de adaptación que es sumamente beneficiosa se convierte en fútil, por no decir perniciosa, si carece de los referentes sociales necesarios. Así, el uso de las TIC en los adolescentes está destinado sobre todo al ocio. Pero no a cualquier ocio (leer Guerra y Paz también es ocio) sino al ocio basado en el consumo y al binomio “referente-consumo”. Así, un chaval de 15 años se pasará el día viendo vídeos en Youtube de su deportista o su cantante favorito y después comprará todo aquello que tenga que ver con el modelo propuesto.

El marketing, la publicidad se basan en este binomio y a él destinan todo su potencial. Abundan los ejemplos de esto que en publicidad se conoce como “target” o sector del mercado al cual preferentemente se dirige el producto/servicio. Como ejemplo de cajón podemos ver cómo los anuncios de compresas se dirigen a una mujer de clase media de entre 18 y 35 años o cómo los spots de Canal Plus inciden en el sector de su negocio que más beneficios les ofrece y se dirige a un público objetivo (target) de varones de clase media entre los 30 y los 50 años.

Ejemplos más sutiles los podemos observar en los nuevos spots de Mercedes que de no publicitarse en los medios de masas han pasado a dirigirse principalmente a los varones de clase media (si es que todavía existe) con el lema de “algo está cambiando en Mercedes” intentando buscar ese nicho de mercado antes vetado para este tipo de coches y que hoy la crisis obliga a la firma alemana a abrir.

En todos estos ejemplos hay un referente social ya sea la salud, belleza y alegría que exponen los anuncios de compresas (es como si se deseara estar en el periodo) o la pertenencia al club de los elegidos en los spots de Mercedes. Pero en todo caso son referentes falsos de la publicidad tradicional.

Este mercado, el de la publicidad y el marketing, han encontrado un nuevo filón de oro: el de Internet. Conscientes de la primacía de la web como canal de comunicación, hoy todo o casi todo es publicidad en la red. Y a esa publicidad van unidos indefectiblemente los referentes del binomio. Redes sociales, blogs y webs son utilizados por empresas para crear opinión y, por extensión, referentes que permitan a posteriori generar una demanda y el consecuente consumo entre su público objetivo.

Este establecimiento de referentes anula su búsqueda pues estos vienen impuestos, empaquetados y predefinidos. Así, nadie necesita hacer un ejercicio de análisis y búsqueda de los mismos pues se trata de una reafirmación constante de la manera de ver y entender el mundo de cada uno de nosotros. Para comprobar esto no hay más que acudir a un mitin político (si es que se tiene estómago, claro) y ver cómo el aforo es en su totalidad afín a las ideas del partido promotor del encuentro cuando debería ser al revés pues la política debería ser no un ejercicio de afirmación sino el del convencimiento o al menos el de la búsqueda de consensos y acuerdos. Pero bueno, ese es otro caso.

El problema aparece cuando las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación no emplean todo su potencial, que es inmenso, en la búsqueda de los referentes, de los modelos adecuados a cada forma de pensamiento sino que subvierten esta capacidad por la de crear consensos falsos en torno a un tema o asunto concreto.

Hoy, más que nunca en la historia, es más accesible la información y, por tanto, el conocimiento generador de conceptos, de modelos y de progreso. No hay más que acceder a la web, a las redes sociales o a cualquier blog, a los distintos medios de comunicación tanto tradicionales o comerciales como independientes para tener un espectro de opinión infinitamente mayor que el que podíamos tener hace apenas unos años lo que nos permite no tomar como definitiva la primera información sino que podemos contrastarla, valorar los diferentes puntos de vista e incluso participar en el debate suscitado. Vivimos en la verdadera era del espíritu crítico pues disponemos de todos los medios necesarios para que éste se desarrolle. Lo que hace falta es despertar las conciencias de su adormecida abulia y darnos cuenta definitivamente que somos autónomos en el pensamiento, que no hay ideas preconcebidas porque esto último es contrario al propio concepto de idea. Cada uno de nosotros cuenta en la creación de referentes porque somos independientes en nuestra capacidad de pensar y porque tenemos, definitivamente, la obligación de hacerlo.

Alguien dijo una vez que la tecnología es algo que ocurre a pesar de las personas. Debemos de modificar este adagio por el de la tecnología es algo que ocurre para el bien de las personas sino queremos repetirnos mecánicamente como modelos uniformados.

viernes, 31 de agosto de 2012

El ROI bibliotecario

Si tenéis cuenta en Twitter o hacéis una simple búsqueda en Google News bajo el término “biblioteca” o “bibliotecas” (con # delante para el hastag en Twitter) podréis comprobar que estas instituciones sufren una doble o triple crisis: la económica o financiera, que sufrimos todos y la institucional o política que sufren también otros servicios públicos. No todos, por cierto.

En el primer caso, los profesionales bibliotecarios poco podemos hacer, salvo ajustarnos a los presupuestos que nos vienen dados, intentar justificar adecuadamente los gastos, racionalizar los mismos de acuerdo a las necesidades de nuestros usuarios,…Bueno, no parece poco pero es que es en el aspecto profesional donde más debemos trabajar haciendo de esta profesión lo que realmente es: la intermediación (en muchos casos única) entre el hecho informativo en general (ya sea de ocio o negocio) y el receptor del mismo (ya sea activo o pasivo).

De nada vale decir, como señala David Bell , que las bibliotecas, como institución, están en peligro de extinción porque esta afirmación se basa en una premisa falsa: la de que son una institución cerrada que es poco flexible a los cambios y que su devenir corre paralelo a la suerte del libro impreso. Vamos que los bibliotecarios nos limitamos a prestar libros y películas sin mayor valor añadido que el de registrar informáticamente esa circulación. Y es cierto que en muchas bibliotecas, bien sea por falta vocación del personal o de provisión presupuestaria, los servicios se limitan a la mera circulación de material tradicional. Pero esto no es una consecuencia propia de la causa bibliotecaria sino un accidente que se produce en la misma esencia de esta profesión. Además, abundan los ejemplos de bibliotecas que adaptan sus servicios a los nuevos modos de comunicación a través de redes sociales, eBooks, blogs, servicios de mensajería electrónica, e-learning, exposiciones virtuales, etc.

Pues bien, si las consecuencias de la crisis de estas instituciones tienen su origen en la segunda causa, la falta de provisión presupuestaria, a poco que se haga valer el conocimiento (knowledge) de los profesionales, se tengan en cuenta sus experiencias e iniciativas y se trabaje de modo coordinado y colaborativo, sin duda alguna se sobrepasará ese momento de estancamiento o recesión. Pruebas de ello hay también en las redes sociales y en la web de cómo muchas bibliotecas se han “reinventado” en esta época de crisis poniendo de manifiesto que la premisa anterior es totalmente falsa y que el bibliotecario no es un profesional ermitaño y ensimismado sino que posee, por formación y por experiencia, todo un elenco de posibilidades para potenciar al máximo el uso de los recursos de información de que dispone y que no se limitan, como todo el mundo sabe, a los libros, revistas y otro material susceptible de compra vía presupuestos.

Si por otra parte, la causa del estancamiento se debe a una falta de vocación/motivación del personal, el arreglo posible de la situación quedará muy lejos y esa distancia se hará mayor cuanto más tiempo pase sin ponerse a trabajar en buscarlo. La motivación es muy sencilla cuando se tiene acceso libre a los recursos, cuando existe un apoyo institucional al proyecto, cuando los resultados no son objeto de análisis. En ese caso la motivación es grande y puede ser confundida muy a menudo con una falsa vocación. Esta última, sin embargo, se demuestra cuando hay falta de apoyos, cuando hay recortes, en definitiva, cuando pintan bastos. Es ahí donde hay que demostrar la vocación, las ganas de innovar, de dar lo mejor de cada uno con lo poco que haya. De eso sabía mucho mi abuela que era capaz de hacer unos platos riquísimos con pocos ingredientes. Lo fácil es hacer recetas a nevera llena. Era vocación de abuela.

A mi me causa indignación cuando veo cómo ahora se mira para otro lado abandonando las bibliotecas a su suerte mientras se pone la motivación (¿y la vocación?) en otros servicios más o menos afines. Ahora que nadie paga las copas, abandonamos la fiesta y a los “amigos”. Salvo en contadas y honrosísimas ocasiones , no veo a nadie que haya tenido responsabilidad en bibliotecas en tiempos de vacas gordas renunciar a la calefacción de la aquiescencia con el poder político tomador de decisiones poco acertadas y poner negro sobre blanco qué es y a quién sirve esta profesión y que no es precisamente a los poderes públicos sino al público, sin más. Siguen, en muchos casos, manteniendo ese estatus de cercanía sin atreverse ni siquiera a contradecir las decisiones políticas por temor a perder prebendas o el propio estatus que se forjó en las épocas doradas. Y los poderes públicos, abandonada ya la fanfarria de las inauguraciones de centros bibliotecarios con asistencia de concejales, alcaldes, ministros y clero, se dedican a poner el dedo cultural en otras llagas que les den visibilidad a sus señorías aunque sea a costa de reducir el servicio público. Dicen que es una cuestión presupuestaria pero esta afirmación y sus consiguientes consecuencias para el futuro de las bibliotecas se basa en la falsa creencia de que el ROI de estas instituciones es negativo porque lo analizan desde el punto de vista puramente económico y no social y porque creen, como hemos dicho antes, que una biblioteca es básicamente un proceso de compra y puesta a libre disposición de material, obviando que actualmente la mejor biblioteca no es la que más libros tiene sino la que mejor gestiona los recursos de información disponibles y muchos de ellos son recursos de libre acceso.

Por lo tanto, la biblioteca necesita personal profesional que busque, seleccione, procese, añada valor, modifique, adecue y ponga a disposición de todos, el conocimiento compartido universal. Y necesita que estos profesionales estén coordinados, dirigidos, responsabilizados en su servicio y suficientemente remunerados para que exista la motivación que requiere siempre la vocación. Para ello, los profesionales bibliotecarios, partiendo de sus directivos, deben poner en valor esta profesión, deben actualizar sus conocimientos para adaptarla a los nuevos modelos de comunicación y deben de hacerlo desde la autocrítica para no repetir errores del pasado, desde la responsabilidad debida al servicio público y al derecho universal de acceso a la cultura, desde la colaboración con otros profesionales e instituciones en busca de las mejores prácticas y, en definitiva, haciendo entender a todos y primeramente a los centros de decisión que una biblioteca es mucho más que los libros de sus estanterías y los edificios que los albergan.

Si no lo hacemos seremos cómplices de un nuevo hurto a la sociedad: el de la información que genera conocimiento y permite el progreso. Ese es el verdadero ROI de una biblioteca.

jueves, 29 de marzo de 2012

Huelga del sentido común

La escena era cuanto menos estrambótica. Un reportero entrevista a un delegado sindical a la entrada de un polígono industrial sobre el desarrollo de la jornada de huelga. El delegado señala tranquilamente que la jornada de huelga se está desarrollando con normalidad y que se han establecido piquetes informativos para explicarle a los trabajadores "que no deben sentirse coaccionados por sus jefes y que tienen el derecho constitucional de secundar la huelga". Mientras dice esto al micrófono, detrás del delegado se ven varios palés ardiendo frente a las puertas del polígono, restos de otros fuegos en el asfalto y algunos miembros de los piquetes informativos en cuyas manos no se ve ningún folleto o documento explicativo. ¿No son el fuego y los piquetes un elemento de coacción para quien quiere ejercer su derecho a trabajar? ¿No es este derecho tan constitucional como el de huelga?

Y no es que yo esté en contra de la huelga, no. Hombre, nunca me ha parecido muy útil a pesar de lo que digan muchos de sus promotores porque, por un lado, a quien se putea de verdad el día de huelga suele ser al ciudadano que tiene que ir al médico, al abuelete que tiene que coger el bus para ir a ver a sus nietos o al currela que no tiene otro remedio que trabajar porque no se puede permitir perder un sólo día de sueldo. Los piquetes deberían de proteger tanto a los trabajadores coaccionados por jefecillos sin escrúpulos como a estos ciudadanos. Pero aún así no estoy en desacuerdo con las huelgas. De hecho creo que, bien gestionadas, serían un buen mecanismo para llegar a forzar cambios de posturas. Pero ¿por qué un día de huelga y chimpún? Puesto que se trata de un pulso al gobierno de turno ¿no debería prolongarse hasta que se lograse algún objetivo o hasta forzar una nueva negociación? ¿Qué utilidad tiene el esfuerzo hecho hoy por miles (millones o cientos, según las fuentes) de españoles si mañana todo volverá a la normalidad? Pues ninguno, me temo.

Y es que, aparte de esto, aquí tendemos a mezclar churras con merinas y te lanzan a una huelga teniendo que escuchar cosas como las dichas en una reunión de profesores de Primaria (no diré de dónde) según los cuáles ellos querían hacer huelga pero no la iban a hacer porque "eso es lo que quiere la Generalitat para ahorrarse ese día y que nosotros perdamos el día de sueldo" así que ante tamaño complot por parte de la Generalitat propusieron que los padres no llevaran ese día los niños al cole. Ya sé por qué son maestros ¡Son unas lumbreras! Resulta que con esa solución tú no haces huelga, la hacen los padres y madres por tí. Lo dicho, unas lumbreras.

También hay que escuchar chorradas de gente sin problemas económicos tales como "Pero el día de huelga ¿no te pagan? Entonces no hago huelga" ¡Olé los principios ideológicos! O ver a delegados cuyas centrales sindicales han convocado a millones de españoles a la huelga subir a sus puestos de trabajo y no bajar ni a tomarse un café mientras los piquetes increpan al dueño del barecito de la esquina que ha abierto para ganarse los 100 eurillos de los almuerzos.

Otra cosa que no acabo de entender es lo de las banderas republicanas en las manifestaciones supuestamente progresistas. Y lo digo yo que soy un republicano convencido (y de izquierda) pero es que el orden es el siguiente: primero se es republicano o monárquico y después y sólo después se es conservador o progresista. De hecho (un apunte histórico) la República que derrocó el alzamiento militar del 36 estaba formada tanto por partidos de izquierda como partidos de derecha, así que esa bandera representaba a ambas ideologías y no sólo a una de ellas.

En fin todos estos argumentos y otros muchos más que no tienen cabida en un pequeño post son los que me hacen recelar de la eficacia y sentido de las huelgas en España.

Para terminar un nuevo argumento de lo anterior. Hace poco ha venido una señora a la biblioteca y al verme trabajando nos ha llamado a mí y a mi compañera esquiroles y nos ha dicho que "qué vergüenza que estemos trabajando hoy". Acto seguido me ha pedido ayuda para conectarse a Internet y se ha llevado un libro en préstamo. He pensado (no se lo he dicho porque no hablo con paredes, todavía) si no quiere que trabaje este día, ¿por qué me hace trabajar? Yo creo que hay gente (demasiada) que lo que tiene en huelga es el sentido común.