Si tenéis cuenta en Twitter o hacéis una simple búsqueda en Google News bajo el término “biblioteca” o “bibliotecas” (con # delante para el hastag en Twitter) podréis comprobar que estas instituciones sufren una doble o triple crisis: la económica o financiera, que sufrimos todos y la institucional o política que sufren también otros servicios públicos. No todos, por cierto.
En el primer caso, los profesionales bibliotecarios poco podemos hacer, salvo ajustarnos a los presupuestos que nos vienen dados, intentar justificar adecuadamente los gastos, racionalizar los mismos de acuerdo a las necesidades de nuestros usuarios,…Bueno, no parece poco pero es que es en el aspecto profesional donde más debemos trabajar haciendo de esta profesión lo que realmente es: la intermediación (en muchos casos única) entre el hecho informativo en general (ya sea de ocio o negocio) y el receptor del mismo (ya sea activo o pasivo).
De nada vale decir, como señala David Bell , que las bibliotecas, como institución, están en peligro de extinción porque esta afirmación se basa en una premisa falsa: la de que son una institución cerrada que es poco flexible a los cambios y que su devenir corre paralelo a la suerte del libro impreso. Vamos que los bibliotecarios nos limitamos a prestar libros y películas sin mayor valor añadido que el de registrar informáticamente esa circulación. Y es cierto que en muchas bibliotecas, bien sea por falta vocación del personal o de provisión presupuestaria, los servicios se limitan a la mera circulación de material tradicional. Pero esto no es una consecuencia propia de la causa bibliotecaria sino un accidente que se produce en la misma esencia de esta profesión. Además, abundan los ejemplos de bibliotecas que adaptan sus servicios a los nuevos modos de comunicación a través de redes sociales, eBooks, blogs, servicios de mensajería electrónica, e-learning, exposiciones virtuales, etc.
Pues bien, si las consecuencias de la crisis de estas instituciones tienen su origen en la segunda causa, la falta de provisión presupuestaria, a poco que se haga valer el conocimiento (knowledge) de los profesionales, se tengan en cuenta sus experiencias e iniciativas y se trabaje de modo coordinado y colaborativo, sin duda alguna se sobrepasará ese momento de estancamiento o recesión. Pruebas de ello hay también en las redes sociales y en la web de cómo muchas bibliotecas se han “reinventado” en esta época de crisis poniendo de manifiesto que la premisa anterior es totalmente falsa y que el bibliotecario no es un profesional ermitaño y ensimismado sino que posee, por formación y por experiencia, todo un elenco de posibilidades para potenciar al máximo el uso de los recursos de información de que dispone y que no se limitan, como todo el mundo sabe, a los libros, revistas y otro material susceptible de compra vía presupuestos.
Si por otra parte, la causa del estancamiento se debe a una falta de vocación/motivación del personal, el arreglo posible de la situación quedará muy lejos y esa distancia se hará mayor cuanto más tiempo pase sin ponerse a trabajar en buscarlo. La motivación es muy sencilla cuando se tiene acceso libre a los recursos, cuando existe un apoyo institucional al proyecto, cuando los resultados no son objeto de análisis. En ese caso la motivación es grande y puede ser confundida muy a menudo con una falsa vocación. Esta última, sin embargo, se demuestra cuando hay falta de apoyos, cuando hay recortes, en definitiva, cuando pintan bastos. Es ahí donde hay que demostrar la vocación, las ganas de innovar, de dar lo mejor de cada uno con lo poco que haya. De eso sabía mucho mi abuela que era capaz de hacer unos platos riquísimos con pocos ingredientes. Lo fácil es hacer recetas a nevera llena. Era vocación de abuela.
A mi me causa indignación cuando veo cómo ahora se mira para otro lado abandonando las bibliotecas a su suerte mientras se pone la motivación (¿y la vocación?) en otros servicios más o menos afines. Ahora que nadie paga las copas, abandonamos la fiesta y a los “amigos”. Salvo en contadas y honrosísimas ocasiones , no veo a nadie que haya tenido responsabilidad en bibliotecas en tiempos de vacas gordas renunciar a la calefacción de la aquiescencia con el poder político tomador de decisiones poco acertadas y poner negro sobre blanco qué es y a quién sirve esta profesión y que no es precisamente a los poderes públicos sino al público, sin más. Siguen, en muchos casos, manteniendo ese estatus de cercanía sin atreverse ni siquiera a contradecir las decisiones políticas por temor a perder prebendas o el propio estatus que se forjó en las épocas doradas. Y los poderes públicos, abandonada ya la fanfarria de las inauguraciones de centros bibliotecarios con asistencia de concejales, alcaldes, ministros y clero, se dedican a poner el dedo cultural en otras llagas que les den visibilidad a sus señorías aunque sea a costa de reducir el servicio público. Dicen que es una cuestión presupuestaria pero esta afirmación y sus consiguientes consecuencias para el futuro de las bibliotecas se basa en la falsa creencia de que el ROI de estas instituciones es negativo porque lo analizan desde el punto de vista puramente económico y no social y porque creen, como hemos dicho antes, que una biblioteca es básicamente un proceso de compra y puesta a libre disposición de material, obviando que actualmente la mejor biblioteca no es la que más libros tiene sino la que mejor gestiona los recursos de información disponibles y muchos de ellos son recursos de libre acceso.
Por lo tanto, la biblioteca necesita personal profesional que busque, seleccione, procese, añada valor, modifique, adecue y ponga a disposición de todos, el conocimiento compartido universal. Y necesita que estos profesionales estén coordinados, dirigidos, responsabilizados en su servicio y suficientemente remunerados para que exista la motivación que requiere siempre la vocación. Para ello, los profesionales bibliotecarios, partiendo de sus directivos, deben poner en valor esta profesión, deben actualizar sus conocimientos para adaptarla a los nuevos modelos de comunicación y deben de hacerlo desde la autocrítica para no repetir errores del pasado, desde la responsabilidad debida al servicio público y al derecho universal de acceso a la cultura, desde la colaboración con otros profesionales e instituciones en busca de las mejores prácticas y, en definitiva, haciendo entender a todos y primeramente a los centros de decisión que una biblioteca es mucho más que los libros de sus estanterías y los edificios que los albergan.
Si no lo hacemos seremos cómplices de un nuevo hurto a la sociedad: el de la información que genera conocimiento y permite el progreso. Ese es el verdadero ROI de una biblioteca.