No me digáis que a veces el destino, el azar o como queráis llamarlo, no tiene ciertas coincidencias que más parecen una broma voluntaria que una consecuencia aleatoria. Parece como si hubiera un cerebro racional detrás de esos acontecimientos coincidentes en vez de la más simple casualidad. Pues eso me lleva pasando a mí últimamente.
Lo normal es que yo decida leer un determinado libro cuando el tema me interese, el autor me guste o la crítica lo aconseje. Por cierto, no siempre son argumentos de peso porque gracias a ellos he leído algunos de los ladrillos más intragables de todos los tiempos pero bueno, eso es otro tema. Esos mismos argumentos de decisión son los que utilizo para ver una película o una serie, desgraciadamente con idénticos resultados, a veces.
Y, llegados a este punto, quiero decir que el momento, la noticia o el tema TT, no suele ser un argumento que pese en mi decisión en estos aspectos. Y lo digo porque hace unas semanas empecé a leer un libro de Nacho Carretero titulado "Fariña" que relata los avatares y correrías de los narcos gallegos de finales de los 80 y principios de los 90, así como el origen de éstos y las consecuencias actuales de dicho tráfico ilegal.
Era un tema que siempre me ha interesado. No desde el hecho delictivo, el proceso judicial o la crónica negra, sino desde el punto de vista más antropológico. Siempre me ha fascinado (diría más bien, preocupado) cómo gente sin la cultura más elemental, sin la más mínima de las capacidades sociales, acaban siendo prohombres y personajes influyentes del tejido social de una región. Cómo es posible que pescadores, marisqueros, taladores, etc. terminarán con miles de millones en sus cuentas y viviendo en pazos a cuerpo de rey. "Pues está claro, por el tráfico de drogas", diréis pero, yo no creo que ellos solos, sin ayuda de nadie, tuvieran la capacidad de llevar adelante un negocio tan lucrativo como peligroso como es el del tráfico de hachís o cocaína. Además con la Policía y el Poder Judicial pisándoles los talones, las rivalidades entre los clanes o las presiones de los carteles colombianos.
Y efectivamente, Nacho Carretero no deja lugar a dudas: pudieron hacerlo por la complicidad de los vecinos, de sus "iguales" que les reglaban esa impunidad tan deseada por los "poderosos". Ese apoyo les permitía evitar controles o esconder alijos, entre otras cosas. Lo peor es que los capos del narcotráfico estaban bien mirados, eran personas queridas por sus vecinos. ¿Por qué? Como dice el autor en el libro, daban trabajo a los chavales de los pueblos de las rías gallegas en un momento en el que esos mismos chavales no tenían un futuro muy oscuro y se dejaban dinero, mucho dinero en los pueblos de la costa. Por otra, esto ya es cosa mía, por esa atracción atávica y mercenaria que la mayoría de las personas tiene hacia quienes tienen éxito o dinero, que viene a ser lo mismo en el imaginario popular.
Lo irónico es que veo muchas, muchísimas coincidencias entre la actuación de estos vecinos y los resultados de las elecciones del domingo pasado. ¿Cómo es posible que en una comunidad, como la valenciana, donde gran parte de los altos cargos de un partido están en prisión o imputados (investigados, se dice ahora) sea ese propio partido el más votado? ¿Cómo puede ser de recibo que salten a la luz pública una escuchas en las que el Ministro de Interior confabula y conspira para acusar indebidamente a rivales políticos buscando el descrédito de estos y su mismo partido sume más votos que en las anteriores elecciones? Por cierto, ese mismo Ministro de Interior ordena un registro de la sede del periódico que filtro sus conversaciones sin orden judicial saltándose a la torera uno de los principios más básicos del estado de derecho. Pero tampoco pasa nada. No lo leeréis en la "prensa seria". En fin, lo mismo que en Galicia con sus narcos: estómagos agradecidos y deslumbramiento.

Al hilo de esto, el otro día vi la película "Escobar: Paraíso perdido", protagonizada por el gran Benicio del Toro. En ella se volvía a poner de relieve, en el entorno del narcocapo Pablo Escobar, esas dos actitudes: el agradecimiento mal dirigido y la ceguera más absoluta. Todo era justificable en el entorno del capo, todo eran parabienes, todo era "rendezvous". O eso, o miedo. Tristemente, todo acaba de muy mala manera, como no podía ser de otra forma.
La tercera de las coincidencias de esta semana es la de la serie italiana "1992" que empecé a ver ayer que relata la corrupción de políticos y empresarios de principios de los 90 en Italia donde la política lo inunda todo pero no para bien, como en la Grecia clásica, sino para corromper lo más básico de la convivencia y de la cohesión social. Medios al servicio de los políticos o políticos al servicio de los medios, mordidas millonarias, empresarios comprados, concursos públicos amañados, telebasura que narcotiza al televidente y en definitiva todo un sistema al servicio de unos pocos que tiene consecuencias en la mayoría, como la del protagonista, un policía infectado con VIH gracias a una transfusión en la que la empresa encargada del plasma no había realizado los más mínimos controles, amparados por el beneficio mutuo de los de siempre.
Demasiadas coincidencias reflejan una tendencia. Por cierto, en la serie, el fútbol es un hilo conductor de la sociedad italiana de aquella época y ayer Italia nos mandó a casa con un 2-0. ¿Otra coincidencia?




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