Esto, a mi juicio, no es democracia es paternalismo. Es lo mismo que hace un padre con sus hijos menores cuando toma decisiones que no espera que comprendan pero que entiende que tiene que tomar por el bien futuro de su educación y su adecuación al entorno social en el que se tendrán que desenvolver cuando crezcan. Un padre no espera que su hijo menor entienda que después de jugar tiene que recoger todo los juguetes que ha sacado del baúl, ni espera acuerdo mutuo con sus hijos cuando impone unos horarios y una disciplina o cuando aplica un castigo por incumplir las normas establecidas. Todo lo hace por el bien general de sus hijos y en espera de que estas decisiones inculquen unos principios básicos en estos niños que sirvan de base a su forma de ser adulta. Pero es que la familia no es, en esencia, una democracia ni debe serlo.
La democracia, en mi opinión, además de permitirme a mi, persona adulta no niño sin experiencia, expresar mi voluntad política un domingo de cada cuatro años, me permite también equivocarme, reflexionar y rectificar. El político sólo es nuestro representante, es la persona que hemos elegido para que haga cumplir nuestras voluntades colectivas con los aciertos y los errores que esto conlleve. No le hemos dado el título de padre y esperamos que no nos trate como párvulos ignorantes que deben ser dirigidos por las abruptas sendas de la existencia. Esperamos que no nos lleven, por nuestro bien, a guerras que no hemos decidido librar ni nos decrete reformas laborales no consensuadas ni recortes salariales injustos y de escasa eficacia. Esperamos que no nos hablen de modo ambiguo y críptico sin que nos den la información adecuada para ejercer una democracia plena y responsable. En definitiva, esperamos que cuenten con nosotros como lo que son, nuestros representantes, no nuestros padres.
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