miércoles, 29 de junio de 2011

Empresaurios

Alguien dijo alguna vez que por el estado de sus cárceles se podía conocer la calidad democrática de un país. Esto se puede trasladar al ámbito empresarial en la actual sociedad de mercado diciendo que la calidad de los empresarios reflejan el acerbo democrático de un país.

El empresario es un elemento indispensable de este sistema de mercado. Sin él la sociedad, tal como la conocemos, no podría existir. Ellos son los emprendedores, los innovadores y los que arriesgan su capital y generan empleo. Pero, por el mismo motivo, son responsables del buen funcionamiento del sistema empresarial siempre en tensión continua con la otra parte del binomio: los trabajadores y sus derechos. Estas dos fuerzas confrontadas permiten, con la búsqueda de acuerdos, un equilibrio deseable para la mejora, avance y adaptación del sistema a las nuevas condiciones. Por eso, cuando cualquier elemento que conforma este binomio rompe unilateralmente el acuerdo de consenso, se subvierte el propio sistema y se pone en peligro.

Todo el mundo rechaza, o debería hacerlo, a un trabajador que incumple los términos establecidos en su contrato de trabajo o las condiciones definidas por el convenio laboral que le afecta y a cuyas condiciones debe obedecer. Para evitar esto existen las sanciones y despidos disciplinarios hechos efectivos desde la propia empresa sin menoscabo de las acciones judiciales que pudiera interponer el afectado. Sin embargo, cuando un empresario incumple el acuerdo, el trabajador se ve abocado a recurrir a los tribunales en busca del amparo necesario y es aquí, precisamente, donde el equilibrio de fuerzas se rompe.

El empresario debería ser consciente de esto y actuar con responsabilidad y respeto hacia el equilibrio pactado por convenio y formalizado por contrato. No obstante, existen empresarios (no todos, afortunadamente) que, conscientes de la posibilidad de romper el equilibrio a su favor, dejan al trabajador ante un escenario de indefensión inmediata y de búsqueda de un amparo judicial que, en el mejor de los casos, lo obliga a una secuencia interminable de plazos, entregas de documentación y consultas legales y, en otros muchos casos, se convierte en un camino al calvario en el que frecuentemente flaquean las fuerzas del trabajador o las circunstancias personales perentorias le obligan a abandonar.

Este es el caso de dos trabajadores del Hotel Albir Playa de L'Alfàs del Pi. Primero fueron despedidos verbalmente por su director el Sr. Robles estableciendo una indemnización no acorde con la ley de 20 días por año trabajado cuando la legalmente establecida para este tipo de despido es de 45 días por año. El despido fue ratificado días después por este director en presencia de testigos de la parte afectada. La indemnización de 20 días fue justificada alegando que ambos trabajadores se encontraban dentro de un expediente de regulación de empleo (ERE) aunque la primera referencia documental al respecto data de días después de su despido verbal. EL expediente, por su parte, fue desestimado por Magistratura de Trabajo ya que no reunía las condiciones mínimas establecidas para valorar un ERE. En otras palabras, el expediente nunca existió pues no se llegó a iniciar ni su tramitación. Se celebró acto de conciliación al que la empresa no creyó conveniente asistir si bien sí creyó conveniente remitir dos burofaxes a los trabajadores apercibiéndoles de sanciones por la no asistencia a su puesto de trabajo a pesar del despido verbal efectuado por dos veces a los mismos trabajadores. Finalmente se celebra juicio oral siendo la sentencia favorable a los trabajadores y condenando a la empresa al pago de las cantidades correspondientes a 45 días de indemnización por año trabajado más los salarios de tramitación o a la readmisión de los trabajadores en su mismo puesto de trabajo, categoría y funciones así como condiciones laborales anteriores al acto de despido verbal. La empresa opta por la segunda pero modifica sustancialmente las condiciones de trabajo de los trabajadores bajando su categoría si no en retribución y cargo sí en funciones no adscritas a su puesto real y en sus condiciones laborales y derechos adquiridos. Tras varios días en esta situación se vuelve a celebrar una vista en la que la jueza determina que se trata de una readmisión improcedente y condena a la empresa al pago de las cantidades dictaminadas y a la anulación de la relación contractual. No obstante, pasados unos días la empresa ingresa una parte de la cantidad ordenada en la sentencia sin haber contactado con las partes para pactar unos plazos de pago sino por mera voluntad propia lo que supondrá una nueva reclamación por parte de los trabajadores y la intervención judicial de oficio con el consiguiente abono de intereses.

En resumen, la empresa, rompiendo el equilibrio, quiso ahorrarse un dinero que ahora, tras la actuación judicial, va a tener que satisfacer multiplicado por tres. Los trabajadores han debido sufrir un calvario que ha durado varios meses. Y se ha tenido que acudir a los tribunales en multitud de ocasiones para garantizar lo que desde un primer momento debería haberse cumplido.

Si este tipo de empresarios son los representantes del sistema español de empresa es que, efectivamente, esto no es España sino Españistán.

jueves, 2 de junio de 2011

Televisión educativa

Cuando después de algún día chungo de trabajo (no me puedo quejar pero a veces las miserias de la administración pública me ponen los nervios como cuchillas Gillette) llego a casa, veo a mi mujer y a mi hijo (mi pequeño paraíso), me pongo cómodo, preparo la cena (mi mujer lucha con el enano por que se coma la cena venciendo al sueño), recojo los cacharros, los friego (el lavavajillas se ha roto), preparo la mesa y las cosas para el cole del día siguiente, cenamos (¡al fin!) y terminamos de ver el capítulo 126 de Bob Esponja o de iCarly antes de que Morfeo atrape a mi hijo, entonces cojo el mando de la tele y empiezo una peregrinación caótica y absurda por todos los canales emocionado como si fuese a encontrar el Santo Grial del prime time. Pero no, lo normal es encontrarme con programas del corazón (los deben llamar así porque cuando los ves estás al punto del infarto de miocardio), realities o series más cansinas que matar un cerdo a pellizcos donde los ordenadores no se cuelgan nunca y van más rápidos que Farruquito por la M30. También puedes encontrar películas de serie B de los ochenta dentro de espacios que tienen los cojones de llamar "El taquillazo" o "El peliculón de la semana" y se quedan tan panchos. O puedes darte de bruces (¿de ojos?) con producciones propias que llevan anunciando en la cadena (¡Próximamente!) desde antes de hacer el casting de actores y que suelen ser históricas (bueno por clasificarlas en algún sitio) y con más sangre que Tarantino haciendo morcillas. "Hispania", "Aguila Roja", etc. tienen, no obstante, algo que hay que concederles e incluso aplaudirles, y es que mantienen el record imbatido todavía por nadie (ni siquiera por Holywwod, que ya es decir) de los mayores anacronismo, inconsistencias argumentales y tonterías por metro de cinta grabada. Si es que cuando nos ponemos, nos ponemos.

Otros de los programas típicos de la parrilla son los debates. Los hay más variados que los botellines de cerveza. Los hay serios, bueno, pseudoserios, los hay del colorín, los hay deportivos,... Incluso hay un programa que aglutina a todos ellos saltando de la movida de la madre de la Campanario con la SS (Seguridad Social, no Schutzstaffel) a la conveniencia de las reformas estructurales marcadas por el FMI para Grecia e Irlanda y después a la operación de pechos de la novia de Ronaldo. Claro, lo has adivinado. EL programa de AR. Por cierto, ¿AR?¿CR7?¿ZP?¿C3PO?¿R2D2? Luego critican los SMS de los chvls. ¿Y estos? ¿Es que han perdido las letras o es que hablan ya como Fraga?

Los principios de cualquier cadena de televisión son (por algún lado lo he leído/oído) los de entretener, informar y educar. Por cierto, los mismos que se recogen para la biblioteca pública en el Manifiesto de la UNESCO de 1994. Curioso. Lo que pasa es que en vez de entretener, atocina; en vez de informar, confunde; y en vez de educar, atonta.

Si por entretener se supone un estado cercano a la catatonia en el que el espectador se limita a contemplar impasible una serie de secuencias propias de una despedida de soltero o de una reunión de colegas pasados de birras, ¡chapeau! ¡Objetivo cumplido!

Si también se entiende por entretenimiento el humor tipo Jaimito, los chistes propios de Arévalo en una tarde mala y los gags repetidos hasta el vómito, ¡chapeau, también!

Si entretener es también asistir a una especie de reunión de propietarios de mala vecindad en la que se airean sus miserias personales o el voyeurismo morboso de espiar por la ventana la convivencia explosiva de varias personas con déficit de sinapsis neuronales y superávit de hormonas, pues vale ¡conseguido!

Si por otra parte, informar es repetir en secuencia incansable titulares de noticias sin contraste informativo, sin indagación de causas, sin contexto o plegarse servilmente a los dictados del pagador ¡Misión cumplida! Si informar es dar la noticia desde Tokio cuando el suceso se ha producido en Basora o hacer un copy/paste grosero de una noticia de agencia ¡OK! Si informar es dedicar el 60% del noticiero a la pretemporada del Real Madrid, al fichaje del Kun o a la concentración de la Selección en Calasparra dedicando el resto a todas las movidas que sucedena diario en el mundo (que no son pocas, desgraciadamente), ego scientia.

Si educar es poner a todas horas, en una cadena dedicada al público infantil, a los Little Einsteins (¿por qué little en vez de pequeños?), la Casa de Mickey Mouse o a Mani Manitas con su espanglish de camarero de Benidorm, ¡target conseguido!, digo, ¡objetivo achieved! (¡¡maldito Mani!!)

La verdad es que, al final, va a tener razón Groucho Marx cuando decía que la televisión es muy educativa porque cada vez que alguién la encendía, él se retiraba a otra habitación y leía un libro.