martes, 28 de junio de 2016

Demasiadas coincidencias

No me digáis que a veces el destino, el azar o como queráis llamarlo, no tiene ciertas coincidencias que más parecen una broma voluntaria que una consecuencia aleatoria. Parece como si hubiera un cerebro racional detrás de esos acontecimientos coincidentes en vez de la más simple casualidad. Pues eso me lleva pasando a mí últimamente.

Lo normal es que yo decida leer un determinado libro cuando el tema me interese, el autor me guste o la crítica lo aconseje. Por cierto, no siempre son argumentos de peso porque gracias a ellos he leído algunos de los ladrillos más intragables de todos los tiempos pero bueno, eso es otro tema. Esos mismos argumentos de decisión son los que utilizo para ver una película o una serie, desgraciadamente con idénticos resultados, a veces.

Y, llegados a este punto, quiero decir que el momento, la noticia o el tema TT, no suele ser un argumento que pese en mi decisión en estos aspectos. Y lo digo porque hace unas semanas empecé a leer un libro de Nacho Carretero titulado "Fariña" que relata los avatares y correrías de los narcos gallegos de finales de los 80 y principios de los 90, así como el origen de éstos y las consecuencias actuales de dicho tráfico ilegal. 

Era un tema que siempre me ha interesado. No desde el hecho delictivo, el proceso judicial o la crónica negra, sino desde el punto de vista más antropológico. Siempre me ha fascinado (diría más bien, preocupado) cómo gente sin la cultura más elemental, sin la más mínima de las capacidades sociales, acaban siendo prohombres y personajes influyentes del tejido social de una región. Cómo es posible que pescadores, marisqueros, taladores, etc. terminarán con miles de millones en sus cuentas y viviendo en pazos a cuerpo de rey. "Pues está claro, por el tráfico de drogas", diréis pero, yo no creo que ellos solos, sin ayuda de nadie, tuvieran la capacidad de llevar adelante un negocio tan lucrativo como peligroso como es el del tráfico de hachís o cocaína. Además con la Policía y el Poder Judicial pisándoles los talones, las rivalidades entre los clanes o las presiones de los carteles colombianos.

Y efectivamente, Nacho Carretero no deja lugar a dudas: pudieron hacerlo por la complicidad de los vecinos, de sus "iguales" que les reglaban esa impunidad tan deseada por los "poderosos". Ese apoyo les permitía evitar controles o esconder alijos, entre otras cosas. Lo peor es que los capos del narcotráfico estaban bien mirados, eran personas queridas por sus vecinos. ¿Por qué? Como dice el autor en el libro, daban trabajo a los chavales de los pueblos de las rías gallegas en un momento en el que esos mismos chavales no tenían un futuro muy oscuro y se dejaban dinero, mucho dinero en los pueblos de la costa. Por otra, esto ya es cosa mía, por esa atracción atávica y mercenaria que la mayoría de las personas tiene hacia quienes tienen éxito o dinero, que viene a ser lo mismo en el imaginario popular.


Lo irónico es que veo muchas, muchísimas coincidencias entre la actuación de estos vecinos y los resultados de las elecciones del domingo pasado. ¿Cómo es posible que en una comunidad, como la valenciana, donde gran parte de los altos cargos de un partido están en prisión o imputados (investigados, se dice ahora) sea ese propio partido el más votado? ¿Cómo puede ser de recibo que salten a la luz pública una escuchas en las que el Ministro de Interior confabula y conspira para acusar indebidamente a rivales políticos buscando el descrédito de estos y su mismo partido sume más votos que en las anteriores elecciones? Por cierto, ese mismo Ministro de Interior ordena un registro de la sede del periódico que filtro sus conversaciones sin orden judicial saltándose a la torera uno de los principios más básicos del estado de derecho. Pero tampoco pasa nada. No lo leeréis en la "prensa seria". En fin, lo mismo que en Galicia con sus narcos: estómagos agradecidos y deslumbramiento.




Al hilo de esto, el otro día vi la película "Escobar: Paraíso perdido", protagonizada por el gran Benicio del Toro. En ella se volvía a poner de relieve, en el entorno del narcocapo Pablo Escobar, esas dos actitudes: el agradecimiento mal dirigido y la ceguera más absoluta. Todo era justificable en el entorno del capo, todo eran parabienes, todo era "rendezvous". O eso, o miedo. Tristemente, todo acaba de muy mala manera, como no podía ser de otra forma.



La tercera de las coincidencias de esta semana es la de la serie italiana "1992" que empecé a ver ayer que relata la corrupción de políticos y empresarios de principios de los 90 en Italia donde la política lo inunda todo pero no para bien, como en la Grecia clásica, sino para corromper lo más básico de la convivencia y de la cohesión social. Medios al servicio de los políticos o políticos al servicio de los medios, mordidas millonarias, empresarios comprados, concursos públicos amañados, telebasura que narcotiza al televidente y en definitiva todo un sistema al servicio de unos pocos que tiene consecuencias en la mayoría, como la del protagonista, un policía infectado con VIH gracias a una transfusión en la que la empresa encargada del plasma no había realizado los más mínimos controles, amparados por el beneficio mutuo de los de siempre.

Demasiadas coincidencias reflejan una tendencia. Por cierto, en la serie, el fútbol es un hilo conductor de la sociedad italiana de aquella época y ayer Italia nos mandó a casa con un 2-0. ¿Otra coincidencia?


domingo, 9 de noviembre de 2014

Más que un bibliotecario

Las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, con Internet como punta de lanza, han propiciado tanto nuevos métodos de acceso a la información como nuevas formas de registrarla.
La inmediatez y la accesibilidad son parámetros principales en estas nuevas formas de acceso a la información. El primero de estos parámetros, la inmediatez, se entiende como el tiempo necesario para acceder a un determinado contenido informativo. Esta capacidad se ha ido incrementando en los últimos tiempos mediante la presencia de bases de datos, índices y buscadores ampliando, de esta forma, el universo informativo de cualquier persona. Ya no es necesario viajar a una determinada ciudad o ponerse en contacto con una determinada institución para buscar una información local sino que, en la mayoría de los casos, esta información está accesible a través de los recursos web de la propia institución. Otras veces sólo es necesario hacer una simple consulta en un buscador web para acceder a esa información a golpe de ratón.
El segundo de los parámetros, la accesibilidad, se ha ido también incrementando y mejorando en los últimos tiempos a medida que lo hacía la tecnología de la información. El incremento exponencial de información en la red aumenta, también exponencialmente, el acceso a la misma. La capacidad de acceso de hace unos años a una determinada información se ha multiplicado por cien por el mero hecho de las mejoras tecnológicas.
Así pues, cualquier persona en posesión de un dispositivo con acceso a la red tiene la capacidad de acceder a una cantidad de información que sobrepasa toda aquella publicada en el mundo hasta la aparición de las nuevas tecnologías de la información.
Esto es a la vez una ventaja y un inconveniente. La ventaja evidente es la capacidad de acceder de forma casi inmediata a todo tipo de información; la desventaja, la pérdida de orientación y la sobresaturación de información que es, en definitiva, una forma de desinformación. Por tanto y de modo paradójico, el tener acceso a una mayor cantidad de información lleva implícita la necesidad de establecer una criba o selección de la misma así como una estructuración y acomodación a las necesidades y capacidades cognitivas de las personas. No es suficiente acceder a la web para estar “bien informado” de algo sino saber dónde buscar esa información, “limpiarla” y adecuarla al uso que de ella se va a hacer.
Como cualquiera puede entender fácilmente, no es válida la misma información sobre los pollos para un trabajo escolar que para el propietario de una granja aviar ni para éste que para un activista de los derechos de los animales ni para el activista que para una cadena de supermercados. La información lo es en su contexto adecuado y sólo en él puede devenir en conocimiento, todo lo demás no deja de ser “ruido informativo”, desinformación.
Para dar utilidad a todo este universo informativo es necesario contar con profesionales capaces de realizar las labores de “refinamiento” de la información; profesionales que adecuen la información a las necesidades reales de sus utilizadores, que añadan valor a la información para convertirla en conocimiento, que gestionen este conocimiento de modo que de él se extraiga nuevo conocimiento, que exploten y faciliten canales de comunicación en los que la información fluya y aumente su accesibilidad y uso posterior.
Estos profesionales deberán tener experiencia en el acceso a la información, en el tratamiento de la misma, en el uso de canales de comunicación, en las vías de difusión de la información. Deberán tener conocimientos de gestión, de planificación y de análisis de sistemas de información. Deberán ser dinámicos, proactivos, creativos y estar siempre dispuestos a aprender, a explorar nuevos métodos de información y nuevos medios de comunicación.
En definitiva, para afrontar la nueva realidad de la información es necesario contar con profesionales que conjuguen conocimientos y experiencia en información y comunicación y los profesionales mejor preparados para llevar a cabo esta misión son los bibliotecarios.
Un bibliotecario conoce la naturaleza de la información como profesional de la misma que es, tiene conocimientos y experiencia (varios siglos, por cierto) en la gestión y planificación así como en el tratamiento, almacenamiento y difusión de la información. Es un profesional dinámico y adaptativo que adopta cualquier nuevo medio de información a su profesión convirtiéndose así en analista de sistemas de información, gestor de contenidos, desarrollador web, community manager, content curator o en cualquier otro perfil profesional que incorpora para añadir valor a su profesión y a los resultados de la misma en la sociedad.
Además conoce, por contacto cotidiano, a los receptores de la información: a los usuarios de las bibliotecas. Por tanto, conoce sus gustos, sus necesidades, sus expectativas y puede actuar en consecuencia ofreciendo aquello que solicitan en su contexto adecuado.
Además, mantiene viva la memoria cultural a través del mantenimiento de colecciones bibliográficas más allá de los vaivenes e intereses del mercado, de las modas y de las promociones o del marketing. Es garante de la pervivencia de la obra del artista, desde el menos conocido al más laureado.
Además, transforma la información para aportarle valor o mejorar su acceso y siempre con el objetivo final de mejorar el flujo de conocimiento, la mejora continua de las personas, el acceso de las mismas a la cultura y a la información, sin discriminación de ningún tipo, sin condiciones y "casi" sin barreras.
Además, un bibliotecario lo es por formación continua, por tener siempre presente que la comunicación, los flujos de información en los que viaja la cultura y el conocimiento, es un proceso en continua evolución y que sin perder su más prístino sentido, se vale de cualquier avance humano para facilitar su objetivo de trasladar de una fuente a otra, y así sucesivamente, su mensaje. A esos avances debe atender el bibliotecario y hacerse con ellos como una herramienta más de su trabajo y responsabilidad.
En definitiva, un bibliotecario es algo más que un bibliotecario.

jueves, 21 de agosto de 2014

Mercadear por decreto


El Real Decreto 624/2014, de 18 de julio, por el que se desarrolla el derecho de remuneración a los autores por los préstamos de sus obras realizados en determinados establecimientos accesibles al público empieza mal ya desde su título. Veamos, confunde “derecho de compensación” con “derecho de remuneración” (este capitalismo que todo lo invade). La Propiedad Intelectual de una obra permite (¿exige?) que el autor vea “compensados” sus esfuerzos creativos por el uso y disfrute futuro y sucesivo de una obra pero ese uso no exige remuneración porque si esto fuese así la propiedad intelectual no tendría un límite temporal. Cualquiera paga (remunera) un servicio siempre que se utilice y deja de pagarlo cuando deja de utilizarlo pero nunca he oído a nadie que haya dejado de pagar el recibo de luz porque lleva setenta años haciéndolo. Ahora bien, setenta años puede ser una medida de tiempo suficiente como para verse “compensados” los esfuerzo de un autor.

Sigue confundiéndose (¿intencionalmente?) el título del Real Decreto al señalar que la “remuneración” es “a los autores” pues ¿habrá alguien con un par de neuronas y capacidad de sinapsis entre ellas que vaya a pensar que cada préstamo que se haga en cada biblioteca de España de, pongamos, La tabla de Flandes va a derivar en que un señor vaya a coger una zodiac y vaya a ir a buscar al señor Pérez-Reverte por su querido Mediterráneo hasta encontrarlo y vaya a solicitar permiso para subir a bordo y después le vaya a decir con gafas de azafata del Un, Dos, Tres –Han sido veinte prestamos de su obra a 0,004 euros cada uno, lo que suma un total de 0,08 euros. Tiene dos céntimos Don Arturo? Lo más normal es que el autor le dijese al intrépido Paganini – Pero ¿tú eres tonto de cuna o te has hecho a ti mismo? Déjate de soplapolleces y baja ahora mismo de mi velero o te ensarto en el mayor!!!

Lo que no dice el título (luego sí) del monárquico Decreto es que esta “remuneración” no será directa a los autores por cada préstamo efectivo de su obra sino que esas cantidades irán a unas sociedades de gestión colectiva de derechos que serán las encargadas de aplicar las retribuciones correspondientes a los autores de acuerdo con unos principios recogidos en sus estatutos y de acuerdo con la legislación vigente en la materia. Es imaginable que tras esa maraña de transferencias, de gestión, de trámites y de burocracia, de los 0,08 euros que correspondían al señor Pérez-Reverte por el préstamo de La tabla de Flandes no quede ni la coma. Y estamos hablando de Pérez-Reverte el académico, el superventas y el superpréstamos. Ni imaginarme quiero lo que vendría a corresponderle a un autor novel y desconocido para el público general. Aún le cobran por los trámites

Y finalmente el título tiene un “eufémico” colofón cuando señala que la obligación de remuneración recae sobre “determinados establecimientos accesibles al público”. A ver, de ajustarnos al sentido literal de la frase podríamos pensar que el canon se aplica a estadios de fútbol, verbenas populares e incluso lupanares pero no. Nada más lejos de la intención del decreto. Se aplica a servicios públicos que es lo que son los museos, archivos, bibliotecas, hemerotecas, fonotecas o filmotecas de titularidad pública o que pertenezcan a entidades de interés general de carácter cultural, científico o educativo sin ánimo de lucro, o a instituciones docentes integradas en el sistema educativo español. Llamar “establecimientos accesibles al público” a lo que son auténticos servicios públicos es tener muy mala intención, por no decir muy mala leche.

Esto únicamente en cuanto al título porque si nos adentramos en el articulado del decreto la cosa se va poniendo cada vez peor.

En el artículo 1, el legislador sustrae en el objeto del decreto al autor para pasar a una ambigua regulación del “procedimiento de pago y los criterios objetivos para el cálculo de la cuantía de la remuneración por el préstamo de obras protegidas por derechos de autor que se realicen en los establecimientos accesibles al público”. ¡Zas, en toda la boca! A la primera de cambio ya no está el autor, ese que tanto quieren proteger los poderes públicos. Nada más empezar en vez de términos como “autor”, creador” o “artista” leemos otros como procedimiento de pago, cálculo de la cuantía o remuneración. Ya empezamos a vislumbrar el verdadero sentido de este decreto.

Y para que quede claro que de lo que se trata es de hacer caja, en el artículo 2 relativo al ámbito de aplicación del decreto, se mete en el saco retributivo a cualquier institución, entidad u organismo público y/u organización sin ánimo de lucro y claro, les queda raro. Raro porque constreñir a una remuneración (recordemos que no a la compensación obligatoria) a organismos de titularidad pública, a entidades de interés general con carácter cultural, científico  o educativo y a instituciones docentes es poner precio a lo que debería ser un derecho amparado y protegido por los poderes públicos. Es la prostitución de derechos a la que últimamente asistimos desvalidos de modo cotidiano. Esos poderes públicos que son los titulares de la mayoría de las instituciones recogidas en el ámbito de aplicación del decreto son los mismos poderes que llevan años desprotegiendo a estas instituciones de servicio público y que ahora pretenden aplicar criterios económicos en vez de criterios políticos a su actividad.

Pero bueno, salvan de la quema como el barbero y el cura de El Quijote a los municipios de menos de 5.000 habitantes y a las bibliotecas de instituciones docentes integradas dentro del sistema educativo español. En el primer caso porque supongo que dadas las estadísticas anuales de préstamos en las bibliotecas de municipios de menos de 5.000 habitantes les sale más caro las cintas que el manto. En el segundo caso porque el desarrollo de las bibliotecas escolares en España, pese a la LOGSE y a la LOMCE, sólo es comparable al desarrollo de vida inteligente en algunos platós de televisión. Vamos, inexistente.

Por otro lado, no termino de comprender cómo se puede incluir un “establecimiento” (nótese la ironía) en un artículo y a renglón siguiente excluirlo. Lapsus legis o lapsus mentis. Más bien chapuza, en castizo.

Art. 2.1: A los efectos de este real decreto, la obligación de remuneración se aplica (…) bibliotecas (…) que pertenezcan a (…) instituciones docentes integradas en el sistema educativo español. Art. 2.2 b): No obstante lo dispuesto en el apartado 1, quedan eximidos de la obligación de remuneración (…) las bibliotecas de las instituciones docentes integradas en el sistema educativo español. ¡Me lo expliquen!

Ahora saltamos varios artículos que darían para varios posts y nos centramos en el artículo 7 relativo al Cálculo de la cuantía de la remuneración. El meollo de la cuestión, la madre del cordero del decreto.


En primer lugar advertimos que hay dos variables para el cálculo: las obras sujetas a derechos de autor y los usuarios efectivos del servicio de préstamo. Así mismo, el artículo 7.3 señala que “la parte de la cuantía que toma como base el número de obras sujetas a derechos de autor puestas a disposición con destino a préstamo, se obtendrá multiplicando por 0,004 euros el número de obras que han sido objeto de préstamo en cada establecimiento en el año correspondiente” y el 7.4 que “la parte de la cuantía relativa al número de usuarios efectivos del servicio de préstamo se obtendrá multiplicando por 0,05 euros el número de usuarios inscritos anualmente en cada establecimiento que hayan hecho uso efectivo del servicio de préstamo en el año correspondiente
”.


Bien, esto presenta varios inconvenientes prácticos. El primero de ellos es el de determinar qué usuarios han hecho uso efectivo del servicio de préstamo con fines de retribución del canon. Como es natural, aunque el legislador parece ser que ni sabe ni se ha querido asesorar, el servicio de préstamo es únicamente un servicio más de la biblioteca y no toda aquella persona que solicita un carné de biblioteca lo hace para sacar obras en préstamo. Por lo tanto habrá que determinar de forma efectiva quiénes de esos usuarios han hecho uso del servicio de préstamo de obras sujetas a derechos de autor porque si no se puede dar la circunstancia de estar pagando 0,05 euros anuales por usuarios que utilizan el servicio para el préstamo de dispositivos móviles, pongamos por caso. Por lo tanto, habrá que modificar por completo todos los sistemas de gestión para que recojan esta circunstancia. De lo contrario, la ley, además de chapucera, será injusta y eso es lo último que nos faltaba ya. Si no se hace así, por medios informáticos, las bibliotecas van a tener que contratar más personal (no me río que se me parte el labio) para analizar registro a registro de cada biblioteca para ver el uso que cada socio haya hecho del servicio de préstamo para ver si lo ha utilizado o en los términos que dice la ley.



El segundo inconveniente, muy parecido al primero, es que habrá que determinar qué obras están sujetas a derechos de autor y cuáles no. Parece sencillo ¿verdad? Pues no, no es tan sencillo. En primer lugar, todo el mundo sabe –bueno, el legislador creo que no- que las obras de cualquier autor desde cuyo fallecimiento hayan pasado 70 años, pasan al dominio público, es decir quedan libres de derechos. Como el paso del tiempo es inexorable -tempus fugit- y a cada año sigue otro, las obras sujetas a derechos de autor cambian no anualmente sino diariamente pudiéndose dar el caso de que un autor desde cuyo fallecimiento, el día 1 de enero del 2016, hayan transcurrido 70 años y que, precisamente porque se da esta efeméride, es el autor más leído en las bibliotecas públicas en 2016, las sociedades de gestión colectiva de derechos de autor se embolsen una cantidad monetaria que ni siquiera van a poder retribuir al autor ni a sus herederos legítimos. ¿Lo invertirán en obra social o en reformas de palacetes?


Ni hablar de obras con copyleft o cualquiera de las modalidades de cesión de derechos. Ni hablar tampoco de obras subvencionadas por las distintas administraciones públicas en cuyo caso la remuneración (se me empieza a pegar el término) al autor sería doble por parte de la administración: en la subvención de la obra y en el canon. Y ni hablar tampoco de aquellos autores con derechos legales pero no adscritos a ninguna sociedad de gestión colectiva de derechos. Que alguien me explique cómo van a cobrar la parte correspondiente a sus préstamos anuales estos autores. ¿Por la buena voluntad de CEDRO, SGAE, etcétera? Sí, va a ser eso.

Pero bueno, como el legislador o no sabe redactar o sí sabe y es muy sibilino, el decreto dice literalmente que para calcular la cuantía de la variable del canon que afecta a las obras protegidas por derechos de autor se multiplicará “por 0,004 euros el número de obras que han sido objeto de préstamo en cada establecimiento en el año correspondiente”. Adviértase que dice “el número de obras que han sido objeto de préstamo” no el número de obras sujetas a derechos de autor. Así que ya veo a los “establecimientos accesibles al público” (nada, no me acostumbro) pagando por La vida es sueño o por La Iliada.

Y es que veo que lo que va a pasar dentro de dos años es que se hará encaje de bolillos legislativo para que, tal como señala la Disposición final segunda, el titular del ministerio y el Consejo de Ministros con la aquiescencia de Felipe VI, apliquen un canon de tarifa plana como el que se impone a las bibliotecas hasta el 2016 y aquí paz y después gloria porque realizar el cálculo tal como señala es Decreto es o prácticamente imposible o tan costoso económicamente que vamos a tener que vender el Ferrari para comprar la gasolina.


Sin embargo, al margen de que el Real Decreto 624/2014 tenga sentido en un país que descuida sus bibliotecas y por extensión el derecho a la cultura y la educación de sus ciudadanos; al margen de que la aplicación detallada de la ley pueda dar lugar a circunstancias que rozan la ilegalidad; al margen de que se confundan derechos de compensación con derechos de remuneración; al margen de muchos análisis y comentarios muy sesudos que he leído estos días en la red sobre el canon (ANABD, Julián Marquina, Biblioteca Nacional, etc.)  lo más grave de todo, lo más desastroso y lo más peligroso para la pervivencia no sólo de las bibliotecas, museos, archivos y otros “establecimientos accesibles al público” es la tendencia a tratar lo público con criterios de mercado, la transmutación de lo político en económico y eso nos afecta a todos, ya seamos bibliotecarios o autores o las dos cosas.

viernes, 21 de septiembre de 2012

Modelos

Hubo un tiempo en que los hijos seguían los pasos de los padres y de padre médico nacía hijo médico, de padre alfarero nacía hijo alfarero y así en sucesión de oficios y herencias. Hoy día, salvo el raro caso de los hijos de políticos que en buen número suelen seguir los pasos de sus padres (¿por qué será?) es raro, oh, triste Horacio, el hijo que sigue feliz los pasos del oficio paterno .


A veces porque el noble oficio se ha extinguido ante la natural predación del progreso, otras porque ese oficio apenas da para la más básica de las subsistencias y en la mayoría porque ese oficio ha ido perdiendo identidad hasta llegar a ser una sombra de sí mismo. Esta última es la más triste porque supone no una superación de antiguos procedimientos ni la falta de demanda sobre la misma sino la pérdida de valor de algo que es realmente necesario pero que no ha sido suficientemente defendido y puesto en valor.

Si yo hubiera sido, pongamos por caso, futbolista profesional, mi hijo, seguramente, querría seguir mis pasos con una vocación directamente proporcional a mis éxitos deportivos. Y no lo digo con desprecio hacia esa profesión cuya práctica hubiera querido llevar más allá del ámbito amateur en el que jugué pero hay algo perverso en el hecho de que profesiones cuya incidencia en las vidas presentes y futuras de las personas estén infinitamente menos valoradas que otras basadas únicamente en el show business y en el dolce fare niente. Hay algo que realmente no va bien cuando un profesional, pongamos por caso un médico, tiene que vérselas con los recortes, falta de medios, la creciente carga de trabajo y, además, se le echa más leña al fuego con declaraciones de cargos públicos en los que se insinúa que su estatus socioeconómico está por encima de sus resultados mientras el cantante, el actor, el escritor de best sellers o el deportista son agasajados, vitoreados, aplaudidos y recompensados hasta la extenuación por esos mismos cargos públicos que le dicen al bombero que es un “privilegiado”.

Esta actitud de quienes tienen cierta responsabilidad en la creación de referentes sociales entre los que están los políticos pero también los medios de comunicación, provoca –ha provocado ya- que toda una generación esté más pendiente del ganador del concurso de talentos que de los últimos avances científicos. Incluso ahora que lo escribo, me suena raro hasta a mí que alguien pueda tener interés en estos avances a no ser que sea su profesión, claro.

Esa misma generación tiene una capacidad de adaptarse a la tecnología que jamás tuvieron o tuvimos nosotros, adictos a los manuales de uso. ¿Alguien ha visto a un chaval leyendo el manual de uso de su smartphone o de su tablet? ¿A que no? Claro que no. Nunca lo harán. Tienen los fundamentos necesarios para desenvolverse adecuadamente con las nuevas tecnologías. Se trata de adaptación natural al entorno y si que cualquiera pruebe a darle una tablet a un niño de cuatro años. Se maneja mucho mejor que cualquier adulto que la coja por primera vez. Ellos no tienen que “desaprender” nada. Nosotros sí.

Sin embargo, esta capacidad de adaptación que es sumamente beneficiosa se convierte en fútil, por no decir perniciosa, si carece de los referentes sociales necesarios. Así, el uso de las TIC en los adolescentes está destinado sobre todo al ocio. Pero no a cualquier ocio (leer Guerra y Paz también es ocio) sino al ocio basado en el consumo y al binomio “referente-consumo”. Así, un chaval de 15 años se pasará el día viendo vídeos en Youtube de su deportista o su cantante favorito y después comprará todo aquello que tenga que ver con el modelo propuesto.

El marketing, la publicidad se basan en este binomio y a él destinan todo su potencial. Abundan los ejemplos de esto que en publicidad se conoce como “target” o sector del mercado al cual preferentemente se dirige el producto/servicio. Como ejemplo de cajón podemos ver cómo los anuncios de compresas se dirigen a una mujer de clase media de entre 18 y 35 años o cómo los spots de Canal Plus inciden en el sector de su negocio que más beneficios les ofrece y se dirige a un público objetivo (target) de varones de clase media entre los 30 y los 50 años.

Ejemplos más sutiles los podemos observar en los nuevos spots de Mercedes que de no publicitarse en los medios de masas han pasado a dirigirse principalmente a los varones de clase media (si es que todavía existe) con el lema de “algo está cambiando en Mercedes” intentando buscar ese nicho de mercado antes vetado para este tipo de coches y que hoy la crisis obliga a la firma alemana a abrir.

En todos estos ejemplos hay un referente social ya sea la salud, belleza y alegría que exponen los anuncios de compresas (es como si se deseara estar en el periodo) o la pertenencia al club de los elegidos en los spots de Mercedes. Pero en todo caso son referentes falsos de la publicidad tradicional.

Este mercado, el de la publicidad y el marketing, han encontrado un nuevo filón de oro: el de Internet. Conscientes de la primacía de la web como canal de comunicación, hoy todo o casi todo es publicidad en la red. Y a esa publicidad van unidos indefectiblemente los referentes del binomio. Redes sociales, blogs y webs son utilizados por empresas para crear opinión y, por extensión, referentes que permitan a posteriori generar una demanda y el consecuente consumo entre su público objetivo.

Este establecimiento de referentes anula su búsqueda pues estos vienen impuestos, empaquetados y predefinidos. Así, nadie necesita hacer un ejercicio de análisis y búsqueda de los mismos pues se trata de una reafirmación constante de la manera de ver y entender el mundo de cada uno de nosotros. Para comprobar esto no hay más que acudir a un mitin político (si es que se tiene estómago, claro) y ver cómo el aforo es en su totalidad afín a las ideas del partido promotor del encuentro cuando debería ser al revés pues la política debería ser no un ejercicio de afirmación sino el del convencimiento o al menos el de la búsqueda de consensos y acuerdos. Pero bueno, ese es otro caso.

El problema aparece cuando las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación no emplean todo su potencial, que es inmenso, en la búsqueda de los referentes, de los modelos adecuados a cada forma de pensamiento sino que subvierten esta capacidad por la de crear consensos falsos en torno a un tema o asunto concreto.

Hoy, más que nunca en la historia, es más accesible la información y, por tanto, el conocimiento generador de conceptos, de modelos y de progreso. No hay más que acceder a la web, a las redes sociales o a cualquier blog, a los distintos medios de comunicación tanto tradicionales o comerciales como independientes para tener un espectro de opinión infinitamente mayor que el que podíamos tener hace apenas unos años lo que nos permite no tomar como definitiva la primera información sino que podemos contrastarla, valorar los diferentes puntos de vista e incluso participar en el debate suscitado. Vivimos en la verdadera era del espíritu crítico pues disponemos de todos los medios necesarios para que éste se desarrolle. Lo que hace falta es despertar las conciencias de su adormecida abulia y darnos cuenta definitivamente que somos autónomos en el pensamiento, que no hay ideas preconcebidas porque esto último es contrario al propio concepto de idea. Cada uno de nosotros cuenta en la creación de referentes porque somos independientes en nuestra capacidad de pensar y porque tenemos, definitivamente, la obligación de hacerlo.

Alguien dijo una vez que la tecnología es algo que ocurre a pesar de las personas. Debemos de modificar este adagio por el de la tecnología es algo que ocurre para el bien de las personas sino queremos repetirnos mecánicamente como modelos uniformados.

viernes, 31 de agosto de 2012

El ROI bibliotecario

Si tenéis cuenta en Twitter o hacéis una simple búsqueda en Google News bajo el término “biblioteca” o “bibliotecas” (con # delante para el hastag en Twitter) podréis comprobar que estas instituciones sufren una doble o triple crisis: la económica o financiera, que sufrimos todos y la institucional o política que sufren también otros servicios públicos. No todos, por cierto.

En el primer caso, los profesionales bibliotecarios poco podemos hacer, salvo ajustarnos a los presupuestos que nos vienen dados, intentar justificar adecuadamente los gastos, racionalizar los mismos de acuerdo a las necesidades de nuestros usuarios,…Bueno, no parece poco pero es que es en el aspecto profesional donde más debemos trabajar haciendo de esta profesión lo que realmente es: la intermediación (en muchos casos única) entre el hecho informativo en general (ya sea de ocio o negocio) y el receptor del mismo (ya sea activo o pasivo).

De nada vale decir, como señala David Bell , que las bibliotecas, como institución, están en peligro de extinción porque esta afirmación se basa en una premisa falsa: la de que son una institución cerrada que es poco flexible a los cambios y que su devenir corre paralelo a la suerte del libro impreso. Vamos que los bibliotecarios nos limitamos a prestar libros y películas sin mayor valor añadido que el de registrar informáticamente esa circulación. Y es cierto que en muchas bibliotecas, bien sea por falta vocación del personal o de provisión presupuestaria, los servicios se limitan a la mera circulación de material tradicional. Pero esto no es una consecuencia propia de la causa bibliotecaria sino un accidente que se produce en la misma esencia de esta profesión. Además, abundan los ejemplos de bibliotecas que adaptan sus servicios a los nuevos modos de comunicación a través de redes sociales, eBooks, blogs, servicios de mensajería electrónica, e-learning, exposiciones virtuales, etc.

Pues bien, si las consecuencias de la crisis de estas instituciones tienen su origen en la segunda causa, la falta de provisión presupuestaria, a poco que se haga valer el conocimiento (knowledge) de los profesionales, se tengan en cuenta sus experiencias e iniciativas y se trabaje de modo coordinado y colaborativo, sin duda alguna se sobrepasará ese momento de estancamiento o recesión. Pruebas de ello hay también en las redes sociales y en la web de cómo muchas bibliotecas se han “reinventado” en esta época de crisis poniendo de manifiesto que la premisa anterior es totalmente falsa y que el bibliotecario no es un profesional ermitaño y ensimismado sino que posee, por formación y por experiencia, todo un elenco de posibilidades para potenciar al máximo el uso de los recursos de información de que dispone y que no se limitan, como todo el mundo sabe, a los libros, revistas y otro material susceptible de compra vía presupuestos.

Si por otra parte, la causa del estancamiento se debe a una falta de vocación/motivación del personal, el arreglo posible de la situación quedará muy lejos y esa distancia se hará mayor cuanto más tiempo pase sin ponerse a trabajar en buscarlo. La motivación es muy sencilla cuando se tiene acceso libre a los recursos, cuando existe un apoyo institucional al proyecto, cuando los resultados no son objeto de análisis. En ese caso la motivación es grande y puede ser confundida muy a menudo con una falsa vocación. Esta última, sin embargo, se demuestra cuando hay falta de apoyos, cuando hay recortes, en definitiva, cuando pintan bastos. Es ahí donde hay que demostrar la vocación, las ganas de innovar, de dar lo mejor de cada uno con lo poco que haya. De eso sabía mucho mi abuela que era capaz de hacer unos platos riquísimos con pocos ingredientes. Lo fácil es hacer recetas a nevera llena. Era vocación de abuela.

A mi me causa indignación cuando veo cómo ahora se mira para otro lado abandonando las bibliotecas a su suerte mientras se pone la motivación (¿y la vocación?) en otros servicios más o menos afines. Ahora que nadie paga las copas, abandonamos la fiesta y a los “amigos”. Salvo en contadas y honrosísimas ocasiones , no veo a nadie que haya tenido responsabilidad en bibliotecas en tiempos de vacas gordas renunciar a la calefacción de la aquiescencia con el poder político tomador de decisiones poco acertadas y poner negro sobre blanco qué es y a quién sirve esta profesión y que no es precisamente a los poderes públicos sino al público, sin más. Siguen, en muchos casos, manteniendo ese estatus de cercanía sin atreverse ni siquiera a contradecir las decisiones políticas por temor a perder prebendas o el propio estatus que se forjó en las épocas doradas. Y los poderes públicos, abandonada ya la fanfarria de las inauguraciones de centros bibliotecarios con asistencia de concejales, alcaldes, ministros y clero, se dedican a poner el dedo cultural en otras llagas que les den visibilidad a sus señorías aunque sea a costa de reducir el servicio público. Dicen que es una cuestión presupuestaria pero esta afirmación y sus consiguientes consecuencias para el futuro de las bibliotecas se basa en la falsa creencia de que el ROI de estas instituciones es negativo porque lo analizan desde el punto de vista puramente económico y no social y porque creen, como hemos dicho antes, que una biblioteca es básicamente un proceso de compra y puesta a libre disposición de material, obviando que actualmente la mejor biblioteca no es la que más libros tiene sino la que mejor gestiona los recursos de información disponibles y muchos de ellos son recursos de libre acceso.

Por lo tanto, la biblioteca necesita personal profesional que busque, seleccione, procese, añada valor, modifique, adecue y ponga a disposición de todos, el conocimiento compartido universal. Y necesita que estos profesionales estén coordinados, dirigidos, responsabilizados en su servicio y suficientemente remunerados para que exista la motivación que requiere siempre la vocación. Para ello, los profesionales bibliotecarios, partiendo de sus directivos, deben poner en valor esta profesión, deben actualizar sus conocimientos para adaptarla a los nuevos modelos de comunicación y deben de hacerlo desde la autocrítica para no repetir errores del pasado, desde la responsabilidad debida al servicio público y al derecho universal de acceso a la cultura, desde la colaboración con otros profesionales e instituciones en busca de las mejores prácticas y, en definitiva, haciendo entender a todos y primeramente a los centros de decisión que una biblioteca es mucho más que los libros de sus estanterías y los edificios que los albergan.

Si no lo hacemos seremos cómplices de un nuevo hurto a la sociedad: el de la información que genera conocimiento y permite el progreso. Ese es el verdadero ROI de una biblioteca.

jueves, 29 de marzo de 2012

Huelga del sentido común

La escena era cuanto menos estrambótica. Un reportero entrevista a un delegado sindical a la entrada de un polígono industrial sobre el desarrollo de la jornada de huelga. El delegado señala tranquilamente que la jornada de huelga se está desarrollando con normalidad y que se han establecido piquetes informativos para explicarle a los trabajadores "que no deben sentirse coaccionados por sus jefes y que tienen el derecho constitucional de secundar la huelga". Mientras dice esto al micrófono, detrás del delegado se ven varios palés ardiendo frente a las puertas del polígono, restos de otros fuegos en el asfalto y algunos miembros de los piquetes informativos en cuyas manos no se ve ningún folleto o documento explicativo. ¿No son el fuego y los piquetes un elemento de coacción para quien quiere ejercer su derecho a trabajar? ¿No es este derecho tan constitucional como el de huelga?

Y no es que yo esté en contra de la huelga, no. Hombre, nunca me ha parecido muy útil a pesar de lo que digan muchos de sus promotores porque, por un lado, a quien se putea de verdad el día de huelga suele ser al ciudadano que tiene que ir al médico, al abuelete que tiene que coger el bus para ir a ver a sus nietos o al currela que no tiene otro remedio que trabajar porque no se puede permitir perder un sólo día de sueldo. Los piquetes deberían de proteger tanto a los trabajadores coaccionados por jefecillos sin escrúpulos como a estos ciudadanos. Pero aún así no estoy en desacuerdo con las huelgas. De hecho creo que, bien gestionadas, serían un buen mecanismo para llegar a forzar cambios de posturas. Pero ¿por qué un día de huelga y chimpún? Puesto que se trata de un pulso al gobierno de turno ¿no debería prolongarse hasta que se lograse algún objetivo o hasta forzar una nueva negociación? ¿Qué utilidad tiene el esfuerzo hecho hoy por miles (millones o cientos, según las fuentes) de españoles si mañana todo volverá a la normalidad? Pues ninguno, me temo.

Y es que, aparte de esto, aquí tendemos a mezclar churras con merinas y te lanzan a una huelga teniendo que escuchar cosas como las dichas en una reunión de profesores de Primaria (no diré de dónde) según los cuáles ellos querían hacer huelga pero no la iban a hacer porque "eso es lo que quiere la Generalitat para ahorrarse ese día y que nosotros perdamos el día de sueldo" así que ante tamaño complot por parte de la Generalitat propusieron que los padres no llevaran ese día los niños al cole. Ya sé por qué son maestros ¡Son unas lumbreras! Resulta que con esa solución tú no haces huelga, la hacen los padres y madres por tí. Lo dicho, unas lumbreras.

También hay que escuchar chorradas de gente sin problemas económicos tales como "Pero el día de huelga ¿no te pagan? Entonces no hago huelga" ¡Olé los principios ideológicos! O ver a delegados cuyas centrales sindicales han convocado a millones de españoles a la huelga subir a sus puestos de trabajo y no bajar ni a tomarse un café mientras los piquetes increpan al dueño del barecito de la esquina que ha abierto para ganarse los 100 eurillos de los almuerzos.

Otra cosa que no acabo de entender es lo de las banderas republicanas en las manifestaciones supuestamente progresistas. Y lo digo yo que soy un republicano convencido (y de izquierda) pero es que el orden es el siguiente: primero se es republicano o monárquico y después y sólo después se es conservador o progresista. De hecho (un apunte histórico) la República que derrocó el alzamiento militar del 36 estaba formada tanto por partidos de izquierda como partidos de derecha, así que esa bandera representaba a ambas ideologías y no sólo a una de ellas.

En fin todos estos argumentos y otros muchos más que no tienen cabida en un pequeño post son los que me hacen recelar de la eficacia y sentido de las huelgas en España.

Para terminar un nuevo argumento de lo anterior. Hace poco ha venido una señora a la biblioteca y al verme trabajando nos ha llamado a mí y a mi compañera esquiroles y nos ha dicho que "qué vergüenza que estemos trabajando hoy". Acto seguido me ha pedido ayuda para conectarse a Internet y se ha llevado un libro en préstamo. He pensado (no se lo he dicho porque no hablo con paredes, todavía) si no quiere que trabaje este día, ¿por qué me hace trabajar? Yo creo que hay gente (demasiada) que lo que tiene en huelga es el sentido común.

viernes, 25 de noviembre de 2011

Mayoría minoritaria

Cuando se alude al término “democracia” se pretende conceptualizar con él el gobierno de la mayoría, de la opción política mayoritaria decidida en libertad y mediante un sistema electoral representativo que asegure que lo que se obtiene como resultado es el reflejo exacto de la voluntad popular (del pueblo, demos).


Para poner un ejemplo, si un grupo de colegas (pongamos que son diez) se juntan en una plaza y someten a votación ir de botellón o ir de pubs (el resto de opciones –ir al museo, ir a un concierto de música clásica, jugar al ajedrez- no los contabilizamos por minoritarias), irán de botellón si hay un mayor número de colegas con ganas de pillar una buena tajada o de pubs si la opción de mayor número es la de ir de finolis a los pubs más trending topic. Lo que no cuadraría en esta movida es que sólo dos eligieran ir de “pafetos” y encima lo consiguieran y, no contentos con este juego trilero de las elecciones, dijesen que su grupo de amigos (de diez amigos, no olvidemos) son muy de ir de pubs y que reniegan del mundo del botellón. ¿A que no tendría mucho sentido? Lo normal en estos casos es que los dos finolis se llevaran dos collejas mazapaneras y terminaran, como el resto, echando la pota en el parking del Carrefour donde ha hecho el botellón el grupo. Además, seguro que el más leído del grupo hubiera dicho aquello de “vamos a votar democráticamente” dando por zanjada cualquier defección posterior.


Sin embargo, alejados del suburbial mundo del Larios con Pepsi o del kalimotxo con Marqués del Tetra Brick, los representantes populares (es decir del pueblo, no sólo los del PP) se creen con el derecho de dirigir, gestionar y decidir el futuro de sus pueblos a pesar de haber obtenido una representatividad paupérrima y absolutamente alejada de la realidad electiva nacional convirtiendo así los gobiernos democráticos no en el gobierno de la mayoría sino en el de la minoría bien colocada.


Por poner un ejemplo que no tenga nada que ver con el de las últimas elecciones, no vaya a ser que creáis que lo digo porque no comulgo mucho con las tesis de la derecha, si en unas elecciones cualquiera, con un índice de participación del 65%, la opción política “mayoritaria” A obtuviera el 40% de los votos, correspondiendo el resto del reparto a B (20%), C (15%), D (10%), E (8%) y F (7%), se diría que la opción A ha ganado las elecciones y al día siguiente los titulares de los medios, siempre fieles al espectáculo, dirían que “el país vota A”, “el pueblo quiere A”, “la mayoría dice A” y cosas por el estilo. Pero, sin entrar en detalles matemáticos de la Ley d’Hont ni en cuestiones de circunscripciones electorales que lo hacen más complicado y haciendo el cálculo más elemental vemos que:

  • Pueblo (demos) son también, no lo olvidemos, aquéllos que no pueden votar por cualquier circunstancia pero que se verán afectados por las decisiones políticas que se deriven de las elecciones. Esos ni siquiera cuentan en los porcentajes de elección democrática

  • Un 35% de las personas con capacidad de emitir su voto, no lo hicieron. No votaron ni A ni B ni C ni a ninguna otra opción. Un bocado nada desdeñable del conjunto poblacional pues supone más de la tercera parte de los posibles votantes.

  • La suma de las opciones no ganadoras supera ampliamente a la opción ganadora de las elecciones lo que implica que un 60% del 65% que votó en las elecciones no eligió la opción A.

De esto se deduce que en un sistema electoral como el nuestro, la opción que se denomina o autodenomina “mayoritaria” no sólo no lo es sino que a duras penas alcanza, como en el ejemplo, una representatividad superior al 20% del segmento de la población con capacidad de voto. Es decir, hay casi un 80% que no ha elegido esa opción y eso descontando a aquellos que por diversas razones no están legitimados para votar.


Así pues, hacen falta dos cosas: la primera es un cambio en la ley electoral en la búsqueda de un sistema más representativo de la realidad electiva; la segunda, una visión más realista por parte de todos de lo que obtenemos con este sistema.


Quizá la clase política se haya dado cuenta de que se les empieza a ver el plumero y por eso están pensando en bajar la edad legal para votar a los 16 años. Ya me veo a los “líderes” de los distintos partidos prometiendo subvenciones para el Marqués de Tetra Brick y creando la Subdirección General del Acné y el Cuerpo Facultativo de Pajilleros. Todo sea por seguir conservando esta mayoría tan minoritaria.



Ver http://blogs.publico.es/dominiopublico/4282/¿donde-esta-el-tsunami/