Cuando se alude al término “democracia” se pretende conceptualizar con él el gobierno de la mayoría, de la opción política mayoritaria decidida en libertad y mediante un sistema electoral representativo que asegure que lo que se obtiene como resultado es el reflejo exacto de la voluntad popular (del pueblo, demos).
Para poner un ejemplo, si un grupo de colegas (pongamos que son diez) se juntan en una plaza y someten a votación ir de botellón o ir de pubs (el resto de opciones –ir al museo, ir a un concierto de música clásica, jugar al ajedrez- no los contabilizamos por minoritarias), irán de botellón si hay un mayor número de colegas con ganas de pillar una buena tajada o de pubs si la opción de mayor número es la de ir de finolis a los pubs más trending topic. Lo que no cuadraría en esta movida es que sólo dos eligieran ir de “pafetos” y encima lo consiguieran y, no contentos con este juego trilero de las elecciones, dijesen que su grupo de amigos (de diez amigos, no olvidemos) son muy de ir de pubs y que reniegan del mundo del botellón. ¿A que no tendría mucho sentido? Lo normal en estos casos es que los dos finolis se llevaran dos collejas mazapaneras y terminaran, como el resto, echando la pota en el parking del Carrefour donde ha hecho el botellón el grupo. Además, seguro que el más leído del grupo hubiera dicho aquello de “vamos a votar democráticamente” dando por zanjada cualquier defección posterior.
Sin embargo, alejados del suburbial mundo del Larios con Pepsi o del kalimotxo con Marqués del Tetra Brick, los representantes populares (es decir del pueblo, no sólo los del PP) se creen con el derecho de dirigir, gestionar y decidir el futuro de sus pueblos a pesar de haber obtenido una representatividad paupérrima y absolutamente alejada de la realidad electiva nacional convirtiendo así los gobiernos democráticos no en el gobierno de la mayoría sino en el de la minoría bien colocada.
Por poner un ejemplo que no tenga nada que ver con el de las últimas elecciones, no vaya a ser que creáis que lo digo porque no comulgo mucho con las tesis de la derecha, si en unas elecciones cualquiera, con un índice de participación del 65%, la opción política “mayoritaria” A obtuviera el 40% de los votos, correspondiendo el resto del reparto a B (20%), C (15%), D (10%), E (8%) y F (7%), se diría que la opción A ha ganado las elecciones y al día siguiente los titulares de los medios, siempre fieles al espectáculo, dirían que “el país vota A”, “el pueblo quiere A”, “la mayoría dice A” y cosas por el estilo. Pero, sin entrar en detalles matemáticos de la Ley d’Hont ni en cuestiones de circunscripciones electorales que lo hacen más complicado y haciendo el cálculo más elemental vemos que:
Pueblo (demos) son también, no lo olvidemos, aquéllos que no pueden votar por cualquier circunstancia pero que se verán afectados por las decisiones políticas que se deriven de las elecciones. Esos ni siquiera cuentan en los porcentajes de elección democrática
Un 35% de las personas con capacidad de emitir su voto, no lo hicieron. No votaron ni A ni B ni C ni a ninguna otra opción. Un bocado nada desdeñable del conjunto poblacional pues supone más de la tercera parte de los posibles votantes.
La suma de las opciones no ganadoras supera ampliamente a la opción ganadora de las elecciones lo que implica que un 60% del 65% que votó en las elecciones no eligió la opción A.
De esto se deduce que en un sistema electoral como el nuestro, la opción que se denomina o autodenomina “mayoritaria” no sólo no lo es sino que a duras penas alcanza, como en el ejemplo, una representatividad superior al 20% del segmento de la población con capacidad de voto. Es decir, hay casi un 80% que no ha elegido esa opción y eso descontando a aquellos que por diversas razones no están legitimados para votar.
Así pues, hacen falta dos cosas: la primera es un cambio en la ley electoral en la búsqueda de un sistema más representativo de la realidad electiva; la segunda, una visión más realista por parte de todos de lo que obtenemos con este sistema.
Quizá la clase política se haya dado cuenta de que se les empieza a ver el plumero y por eso están pensando en bajar la edad legal para votar a los 16 años. Ya me veo a los “líderes” de los distintos partidos prometiendo subvenciones para el Marqués de Tetra Brick y creando la Subdirección General del Acné y el Cuerpo Facultativo de Pajilleros. Todo sea por seguir conservando esta mayoría tan minoritaria.
Ver http://blogs.publico.es/dominiopublico/4282/¿donde-esta-el-tsunami/
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