Tras una apariencia determinada puede haber algo muy distinto a lo supuesto o esperado y sólo cuando la realidad cobra vida es cuando los indicios se hacen patentes como la ardiente lava de la erupción.
Pues eso me sucede a mí. Esto y esa otra sensación de derrota que queda cuando se lleva un tiempo haciendo un esfuerzo titánico para mantener una determinada opinión y en un momento dado los argumentos se declaran en huelga y la razón pierde pie ante la presión de la opinión contraria.
Ambas cosas me pasan. Estas dos y el abandono servil de quien, desprovisto de toda razón, asume con resiganción de tendencia masoquista el devenir de funestos acontecimientos justificando, en el climax de la cesión, lo que hasta hace poco era la premisa adversaria, el pájaro de barro de sus lodos argumentales.
Estas tres cosas me pasan y la impotencia del que se supo omnipotente en su razón hasta que el viento del tiempo lo bajó del trono de la diosa y lo llevó al suplicio tentativo de Tántalo e impotente sucumbe al intento de beber de las aguas de la verdad.
Estas cosas me pasan y no son tan extraordinarias.
martes, 11 de octubre de 2011
lunes, 10 de octubre de 2011
¿Generación perdida?
Leía hace tiempo a no sé quién (lo siento, mi RAM se la robé a un Spectrum) que la generación de nuestros hijos será la primera en la historia que vivirán peor que sus padres. Sentencia que no mueve a uno a procrear en secuencia conejera, la verdad.
Y a pesar de parecer agorera, pesimista y de mala baba, lo cierto es que indicios no faltan para ver que la premonición no andaba nada desencaminada. La mitad de los parados en España tiene menos de 35 años. El paro juvenil está por encima del 50%. Son los jóvenes con mayor formación académica de la historia pero malviven de trabajos precarios y de la sobreexplotación a la que se ven sometidos en los escasos contratos que consiguen firmar.
Los que no tienen cargas o ataduras aquí, terminan marchándose al extranjero en una especie de diáspora que nada tiene que envidir a las migraciones españolas de los 50 y 60, aunque en algo se diferencian como señalaba el responsable de inmigración de Alemania: antes era mano de obra barata, ahora es mano de obra cualificada. Nada, fuera que en España lo que sobran son cerebros. No hay más que mirar los escaños del Congreso y el Senado, amén de CCAA, Cabildos, Diputaciones y Corporaciones Locales. Estamos petados de lumbreras.
Los que no se van porque no pueden (hipotecas, hijos, etc.) hacen de todo por salir adelante como sea. Limpian casas, trabajan de temporeros en el Pizza Hut, son dependientas del H&M, becarias en algún Ayuntamiento, camareras de pisos atentas por si viene Strauss Khan por detrás, en fin, la vie en rose. Y todo se lo deben (se lo debemos de algún modo) a la genración anterior, la del estado del bienestar, la de la lucha contra las tiranías, la que nos protegió del coco soviético, la de las libertades.
Esta generación ya nació en democracia (¿ein?), tuvo sus derechos garantizados (¿ein?) sin necesidad de pedirlos a gritos en las calles, no pasaron miseria, no pasaron hambre, tuvieron libertad (¿eeein?), igualdad de trato (¡¿cooooomoooorrr?!), acceso a estudios superiores, vivieron confiados en lo que les habían legado sus padres y de repente....¡zas!, en toda la boca. Ni trabajo, ni dinero, ni libertad, ni igualdad de trato, ni pamplinas. A humillar la cerviz y a pasar por el aro de los intereses bancarios, los expedientes de regulación de empleo, los contratos de formación, la cola del paro y el subsidio por desempleo.
Nuestros padres y abuelos no lo tuvieron tampoco fácil pero nadie les vendió la burra, nadie les dijo "vamos, hombre que el mundo es tuyo. A por él, sin miedo" Nadie les metió por los ojos el consumo desenfrenado y sinsentido, no tenían teles para verse reflejado en un referente cada vez más apetecible a la vez que lejano, no les imbuyeron la cultura del éxito, ni la filosofía del buen rollito y el corto plazo. Antes, para nuestros padres, las cosas chungas eran chungas, sin paños calientes, sin ambigüedades, sin eufemismos y, así, se afrontaban con los dientes apretados esperando a que el temporal amainase.
Sin embargo, a esta generación se le ha robado directamente porque se les ha engañado. Se les ha dicho que tiene que ser más altos, más guapos, más cachas, más listos, más populares (¡viva Disney Channel!), más esforzados y más y más de todo. Es como si hubiesen pagado ellos las frustraciones paternas. Pero hete aquí que después de hacer la dieta de la alcachofa durante 14 semanas para quedarse con un tipito de Barby Lolailo, de currar 16 horas en el McDonalds para poder pagarse el Master (del Universo) y quemarse las pestañas estudiando por la noche, después de las horas de gimnasio y la bazofia de los batidos de proteínas para conseguir un centímetro de bíceps, ahora les vienen con el cuento de que eso ya no importa, que estamos en crisis y cuando se está en crisis los de arriba no dicen "¡vamos, todos a una, reeemad!" sino "tonto el último" y se las piran con sus pingües beneficios de trileros mientras el resto se queda con cara de empanao y echándose mano a la cartera.
Las Barbies, los cachas y los engominados hacen cola ahora en la puerta del Inem y se invitan a cortados y a fumar mientras se cuentan las mil putadas que les han hecho en el último curro. Pero también, y ahí debe estar su recuperación y su dignidad, quedan en Facebook y en Twitter para montar una mani y cagarse en la madre que parió a todos los que les han estado vendiendo humo y robándoles su juventud en aras del progreso democrático y de la libertad personal, eso sí, se defecan educadamente en sus muertos que para eso tienen carreras y másteres.
Ver: Documentos TV: ¿Generación perdida?
Y a pesar de parecer agorera, pesimista y de mala baba, lo cierto es que indicios no faltan para ver que la premonición no andaba nada desencaminada. La mitad de los parados en España tiene menos de 35 años. El paro juvenil está por encima del 50%. Son los jóvenes con mayor formación académica de la historia pero malviven de trabajos precarios y de la sobreexplotación a la que se ven sometidos en los escasos contratos que consiguen firmar.
Los que no tienen cargas o ataduras aquí, terminan marchándose al extranjero en una especie de diáspora que nada tiene que envidir a las migraciones españolas de los 50 y 60, aunque en algo se diferencian como señalaba el responsable de inmigración de Alemania: antes era mano de obra barata, ahora es mano de obra cualificada. Nada, fuera que en España lo que sobran son cerebros. No hay más que mirar los escaños del Congreso y el Senado, amén de CCAA, Cabildos, Diputaciones y Corporaciones Locales. Estamos petados de lumbreras.
Los que no se van porque no pueden (hipotecas, hijos, etc.) hacen de todo por salir adelante como sea. Limpian casas, trabajan de temporeros en el Pizza Hut, son dependientas del H&M, becarias en algún Ayuntamiento, camareras de pisos atentas por si viene Strauss Khan por detrás, en fin, la vie en rose. Y todo se lo deben (se lo debemos de algún modo) a la genración anterior, la del estado del bienestar, la de la lucha contra las tiranías, la que nos protegió del coco soviético, la de las libertades.
Esta generación ya nació en democracia (¿ein?), tuvo sus derechos garantizados (¿ein?) sin necesidad de pedirlos a gritos en las calles, no pasaron miseria, no pasaron hambre, tuvieron libertad (¿eeein?), igualdad de trato (¡¿cooooomoooorrr?!), acceso a estudios superiores, vivieron confiados en lo que les habían legado sus padres y de repente....¡zas!, en toda la boca. Ni trabajo, ni dinero, ni libertad, ni igualdad de trato, ni pamplinas. A humillar la cerviz y a pasar por el aro de los intereses bancarios, los expedientes de regulación de empleo, los contratos de formación, la cola del paro y el subsidio por desempleo.
Nuestros padres y abuelos no lo tuvieron tampoco fácil pero nadie les vendió la burra, nadie les dijo "vamos, hombre que el mundo es tuyo. A por él, sin miedo" Nadie les metió por los ojos el consumo desenfrenado y sinsentido, no tenían teles para verse reflejado en un referente cada vez más apetecible a la vez que lejano, no les imbuyeron la cultura del éxito, ni la filosofía del buen rollito y el corto plazo. Antes, para nuestros padres, las cosas chungas eran chungas, sin paños calientes, sin ambigüedades, sin eufemismos y, así, se afrontaban con los dientes apretados esperando a que el temporal amainase.
Sin embargo, a esta generación se le ha robado directamente porque se les ha engañado. Se les ha dicho que tiene que ser más altos, más guapos, más cachas, más listos, más populares (¡viva Disney Channel!), más esforzados y más y más de todo. Es como si hubiesen pagado ellos las frustraciones paternas. Pero hete aquí que después de hacer la dieta de la alcachofa durante 14 semanas para quedarse con un tipito de Barby Lolailo, de currar 16 horas en el McDonalds para poder pagarse el Master (del Universo) y quemarse las pestañas estudiando por la noche, después de las horas de gimnasio y la bazofia de los batidos de proteínas para conseguir un centímetro de bíceps, ahora les vienen con el cuento de que eso ya no importa, que estamos en crisis y cuando se está en crisis los de arriba no dicen "¡vamos, todos a una, reeemad!" sino "tonto el último" y se las piran con sus pingües beneficios de trileros mientras el resto se queda con cara de empanao y echándose mano a la cartera.
Las Barbies, los cachas y los engominados hacen cola ahora en la puerta del Inem y se invitan a cortados y a fumar mientras se cuentan las mil putadas que les han hecho en el último curro. Pero también, y ahí debe estar su recuperación y su dignidad, quedan en Facebook y en Twitter para montar una mani y cagarse en la madre que parió a todos los que les han estado vendiendo humo y robándoles su juventud en aras del progreso democrático y de la libertad personal, eso sí, se defecan educadamente en sus muertos que para eso tienen carreras y másteres.
Ver: Documentos TV: ¿Generación perdida?
sábado, 1 de octubre de 2011
Constitución deconstituida

Cuando llegó la democracia a mi país yo era un enano al que sólo soliviantaba la estafa de que el helicóptero de los Airgamboys (los clics no habían nacido todavía) no volara de verdad y le atribulaba el destino ignoto de mi panterita negra de peluche que llevaba varios días en paradero desconocido. En el ambiente se respiraba un aire ligeramente incandescente provocado (lo supe después) por el miedo a lo nuevo o a lo ya conocido, a lo esperado o a lo acostumbrado. Miedo a todo, a fin de cuentas. Miedo pero también esperanza. La esperanza de que todo cambiase, de unos y de que ese cambio fuese lo más leve posible, de otros. Y el cambio se produjo sin que yo me diese mayor cuenta de ello que de otras cosas propias del otro mundo de los mayores.
Y al cambio se le llamó Transición porque no tuvieron reales de ponerle un nombre más tajante y definitivo, porque no tuvieron (nadie) arrestos para llamarlo cambio, sin más. Transición sonaba menos traumático, menos crítico. Una transición es también un cambio pero menos. Es un estado pasajero, intermedio, ambiguo, intermedio, una intersección suave y cómoda. Nada que ver con el cambio violento, definitivo, estricto y decisivo. Nadie quiso romper, eso lo sé ahora que antes no estaba para sutilezas racionales, con el modelo anterior y sus formas establecidas y acostumbradas. Ni unos ni otros quisieron y así el cambio se convirtió en Transición y pasando el tiempo en pantomima y atrezzo de una función a la que asistimos de espectadores creyéndonos protagonistas. Esto lo sabemos ahora, antes no estábamos para análisis ideológicos.
Nos vistieron a la dama Transición con las galas de la democracia y la tocaron con la tiara de la Constitución que dijeron, unos y otros, ser de todos y obligar a todos en igualdad, libertad y respeto mutuo. Pero no pasó de una declaración de intenciones que para su cumplimiento requerían de desarrollos legislativos posteriores y en ella se daban por hecho algunos sapos que más de un español de bien se tuvo que tragar. Pero era intocable, sublime, divina, había nacido del consenso de los diferentes, de los hasta hace bien poco adversarios. Era de todos y siempre se nos dijo que así era y que su respeto era obligación de todos.
Pasados unos cuantos años resulta que ese rubí, esa rosa inmarcesible, esa divinidad intocable que exige hasta la existencia de un Tribunal para la interpretación de sus sagrados textos, es mancillada, vejada, manoseada y moldeada no por todos los españoles, cosa que sería tan sagrada como su primera redacción pues nacería del consenso de todos sino de unos cuantos diputados que se mueven al dictado de los mercados y de sus sombras más siniestras. Y no se modifica para que el pueblo (demos) adquiera mayor libertad, mayor capacidad de decisión, mayor autonomía, mayor índice de prosperidad sino para asegurar el pago a las entidades de crédito, las mismas entidades que con sus medidas y su gestión caótica han provocado que muchas familias se vean al mismísimo borde del abismo de la indigencia, esas entidades a las que se ha rescatado ya varias veces (y se seguirá haciendo como anunció ayer la Canciller alemana) con dinero público y cuyos directivos se prejubilan con unas pensiones de monarca absolutista.
Hablando de monarcas, ni el 10% de los diputados ni el monarca español han sido lo dignos que debieran haber sido al representar al pueblo español tal como dictan sus estatutos y sus juramentos ante las Cortes o lo que es lo mismo, ante los españoles. Todos, diputados y monarca, han acatado y han firmado lo que les ha dictado el mercado y sus dueños.
Así que el 6 de diciembre de este año no me esperen en ninguna plaza ni me inviten a levantar mi copa por nada. Que lo celebre el mercado, los diputados y el monarca. Yo paso.
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