
Cuando llegó la democracia a mi país yo era un enano al que sólo soliviantaba la estafa de que el helicóptero de los Airgamboys (los clics no habían nacido todavía) no volara de verdad y le atribulaba el destino ignoto de mi panterita negra de peluche que llevaba varios días en paradero desconocido. En el ambiente se respiraba un aire ligeramente incandescente provocado (lo supe después) por el miedo a lo nuevo o a lo ya conocido, a lo esperado o a lo acostumbrado. Miedo a todo, a fin de cuentas. Miedo pero también esperanza. La esperanza de que todo cambiase, de unos y de que ese cambio fuese lo más leve posible, de otros. Y el cambio se produjo sin que yo me diese mayor cuenta de ello que de otras cosas propias del otro mundo de los mayores.
Y al cambio se le llamó Transición porque no tuvieron reales de ponerle un nombre más tajante y definitivo, porque no tuvieron (nadie) arrestos para llamarlo cambio, sin más. Transición sonaba menos traumático, menos crítico. Una transición es también un cambio pero menos. Es un estado pasajero, intermedio, ambiguo, intermedio, una intersección suave y cómoda. Nada que ver con el cambio violento, definitivo, estricto y decisivo. Nadie quiso romper, eso lo sé ahora que antes no estaba para sutilezas racionales, con el modelo anterior y sus formas establecidas y acostumbradas. Ni unos ni otros quisieron y así el cambio se convirtió en Transición y pasando el tiempo en pantomima y atrezzo de una función a la que asistimos de espectadores creyéndonos protagonistas. Esto lo sabemos ahora, antes no estábamos para análisis ideológicos.
Nos vistieron a la dama Transición con las galas de la democracia y la tocaron con la tiara de la Constitución que dijeron, unos y otros, ser de todos y obligar a todos en igualdad, libertad y respeto mutuo. Pero no pasó de una declaración de intenciones que para su cumplimiento requerían de desarrollos legislativos posteriores y en ella se daban por hecho algunos sapos que más de un español de bien se tuvo que tragar. Pero era intocable, sublime, divina, había nacido del consenso de los diferentes, de los hasta hace bien poco adversarios. Era de todos y siempre se nos dijo que así era y que su respeto era obligación de todos.
Pasados unos cuantos años resulta que ese rubí, esa rosa inmarcesible, esa divinidad intocable que exige hasta la existencia de un Tribunal para la interpretación de sus sagrados textos, es mancillada, vejada, manoseada y moldeada no por todos los españoles, cosa que sería tan sagrada como su primera redacción pues nacería del consenso de todos sino de unos cuantos diputados que se mueven al dictado de los mercados y de sus sombras más siniestras. Y no se modifica para que el pueblo (demos) adquiera mayor libertad, mayor capacidad de decisión, mayor autonomía, mayor índice de prosperidad sino para asegurar el pago a las entidades de crédito, las mismas entidades que con sus medidas y su gestión caótica han provocado que muchas familias se vean al mismísimo borde del abismo de la indigencia, esas entidades a las que se ha rescatado ya varias veces (y se seguirá haciendo como anunció ayer la Canciller alemana) con dinero público y cuyos directivos se prejubilan con unas pensiones de monarca absolutista.
Hablando de monarcas, ni el 10% de los diputados ni el monarca español han sido lo dignos que debieran haber sido al representar al pueblo español tal como dictan sus estatutos y sus juramentos ante las Cortes o lo que es lo mismo, ante los españoles. Todos, diputados y monarca, han acatado y han firmado lo que les ha dictado el mercado y sus dueños.
Así que el 6 de diciembre de este año no me esperen en ninguna plaza ni me inviten a levantar mi copa por nada. Que lo celebre el mercado, los diputados y el monarca. Yo paso.
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