Tras una apariencia determinada puede haber algo muy distinto a lo supuesto o esperado y sólo cuando la realidad cobra vida es cuando los indicios se hacen patentes como la ardiente lava de la erupción.
Pues eso me sucede a mí. Esto y esa otra sensación de derrota que queda cuando se lleva un tiempo haciendo un esfuerzo titánico para mantener una determinada opinión y en un momento dado los argumentos se declaran en huelga y la razón pierde pie ante la presión de la opinión contraria.
Ambas cosas me pasan. Estas dos y el abandono servil de quien, desprovisto de toda razón, asume con resiganción de tendencia masoquista el devenir de funestos acontecimientos justificando, en el climax de la cesión, lo que hasta hace poco era la premisa adversaria, el pájaro de barro de sus lodos argumentales.
Estas tres cosas me pasan y la impotencia del que se supo omnipotente en su razón hasta que el viento del tiempo lo bajó del trono de la diosa y lo llevó al suplicio tentativo de Tántalo e impotente sucumbe al intento de beber de las aguas de la verdad.
Estas cosas me pasan y no son tan extraordinarias.
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