Leía hace tiempo a no sé quién (lo siento, mi RAM se la robé a un Spectrum) que la generación de nuestros hijos será la primera en la historia que vivirán peor que sus padres. Sentencia que no mueve a uno a procrear en secuencia conejera, la verdad.
Y a pesar de parecer agorera, pesimista y de mala baba, lo cierto es que indicios no faltan para ver que la premonición no andaba nada desencaminada. La mitad de los parados en España tiene menos de 35 años. El paro juvenil está por encima del 50%. Son los jóvenes con mayor formación académica de la historia pero malviven de trabajos precarios y de la sobreexplotación a la que se ven sometidos en los escasos contratos que consiguen firmar.
Los que no tienen cargas o ataduras aquí, terminan marchándose al extranjero en una especie de diáspora que nada tiene que envidir a las migraciones españolas de los 50 y 60, aunque en algo se diferencian como señalaba el responsable de inmigración de Alemania: antes era mano de obra barata, ahora es mano de obra cualificada. Nada, fuera que en España lo que sobran son cerebros. No hay más que mirar los escaños del Congreso y el Senado, amén de CCAA, Cabildos, Diputaciones y Corporaciones Locales. Estamos petados de lumbreras.
Los que no se van porque no pueden (hipotecas, hijos, etc.) hacen de todo por salir adelante como sea. Limpian casas, trabajan de temporeros en el Pizza Hut, son dependientas del H&M, becarias en algún Ayuntamiento, camareras de pisos atentas por si viene Strauss Khan por detrás, en fin, la vie en rose. Y todo se lo deben (se lo debemos de algún modo) a la genración anterior, la del estado del bienestar, la de la lucha contra las tiranías, la que nos protegió del coco soviético, la de las libertades.
Esta generación ya nació en democracia (¿ein?), tuvo sus derechos garantizados (¿ein?) sin necesidad de pedirlos a gritos en las calles, no pasaron miseria, no pasaron hambre, tuvieron libertad (¿eeein?), igualdad de trato (¡¿cooooomoooorrr?!), acceso a estudios superiores, vivieron confiados en lo que les habían legado sus padres y de repente....¡zas!, en toda la boca. Ni trabajo, ni dinero, ni libertad, ni igualdad de trato, ni pamplinas. A humillar la cerviz y a pasar por el aro de los intereses bancarios, los expedientes de regulación de empleo, los contratos de formación, la cola del paro y el subsidio por desempleo.
Nuestros padres y abuelos no lo tuvieron tampoco fácil pero nadie les vendió la burra, nadie les dijo "vamos, hombre que el mundo es tuyo. A por él, sin miedo" Nadie les metió por los ojos el consumo desenfrenado y sinsentido, no tenían teles para verse reflejado en un referente cada vez más apetecible a la vez que lejano, no les imbuyeron la cultura del éxito, ni la filosofía del buen rollito y el corto plazo. Antes, para nuestros padres, las cosas chungas eran chungas, sin paños calientes, sin ambigüedades, sin eufemismos y, así, se afrontaban con los dientes apretados esperando a que el temporal amainase.
Sin embargo, a esta generación se le ha robado directamente porque se les ha engañado. Se les ha dicho que tiene que ser más altos, más guapos, más cachas, más listos, más populares (¡viva Disney Channel!), más esforzados y más y más de todo. Es como si hubiesen pagado ellos las frustraciones paternas. Pero hete aquí que después de hacer la dieta de la alcachofa durante 14 semanas para quedarse con un tipito de Barby Lolailo, de currar 16 horas en el McDonalds para poder pagarse el Master (del Universo) y quemarse las pestañas estudiando por la noche, después de las horas de gimnasio y la bazofia de los batidos de proteínas para conseguir un centímetro de bíceps, ahora les vienen con el cuento de que eso ya no importa, que estamos en crisis y cuando se está en crisis los de arriba no dicen "¡vamos, todos a una, reeemad!" sino "tonto el último" y se las piran con sus pingües beneficios de trileros mientras el resto se queda con cara de empanao y echándose mano a la cartera.
Las Barbies, los cachas y los engominados hacen cola ahora en la puerta del Inem y se invitan a cortados y a fumar mientras se cuentan las mil putadas que les han hecho en el último curro. Pero también, y ahí debe estar su recuperación y su dignidad, quedan en Facebook y en Twitter para montar una mani y cagarse en la madre que parió a todos los que les han estado vendiendo humo y robándoles su juventud en aras del progreso democrático y de la libertad personal, eso sí, se defecan educadamente en sus muertos que para eso tienen carreras y másteres.
Ver: Documentos TV: ¿Generación perdida?
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