viernes, 8 de abril de 2011

Representatividad

La historia del parlamentarismo tuvo su origen allá por finales del siglo XVII en Inglaterra y se fundamentó, entre otras cosas, en la abolición de los privilegios de una oligarquía con base monárquica que los disfrutaba en detrimento del resto de ciudadanos que veían así violados sus propios derechos sobre sus posesiones. Curiosamente fueron los liberales los que iniciaron este sistema parlamentario como medio de protección de la propiedad fundamentada en el derecho natural que sustentaba la individualidad de la persona.

Ha llovido mucho desde entonces y, como todos los sistemas no sujetos a revisión y ajuste continuo, el parlamentarismo se ha corrompido hasta provocar una involución de sus principios constitutivos pasando a defender las tesis contrarias por las que fue fundado.

Aquel parlamento que defendía los derechos de propiedad del individuo y, por extensión, al propio individuo frente a los desmanes y atropellos oligomonárquicos ha pasado a la mejor vida de la Historia como ya lo hizo la democracia de Perikles y, como ésta, ha dado la vuelta a la tortilla de la representación popular para dar paso a una nueva oligarquía de signo parlamentario.

La representatividad de los parlamentos sólo existe hoy sobre el papel igual, por otra parte, que la democracia sólo existe como definición de un sistema político (el mejor, para muchos) que no termina de desarrollarse plenamente por tratarse, en esencia, de la coartada de unos cuantos para continuar disfrutando de unos privilegios no emanados del pueblo.

La verdadera representatividad, por definición, debería ser una copia fiel de aquello a lo que sirve de reflejo, un reflejo de aquello que simboliza ya lo que sirve de extensión. De igual modo que un modelo es la réplica exacta, a escala o no, de un conjunto de similares características, el valor de representación de la clase política, consustanciada en el Parlamento, debería tener las mismas cualidades, principios y características de la masa social a la cual representa. Pero no sólo no es así sino que la separación entre el modelo y su conjunto se ha subvertido de tal forma que no existe correspondencia alguna posible entre lo representado y su representante.

A las muestras cotidianas de esta subversión e improcedencia del modelo que todos los días podemos observar en diferentes medios aún siendo estos, en la mayoría de casos, los voceros del poder establecido por la oligarquía político-empresarial, podemos observar meridianamente claro cuál es la separación entre nuestros representantes y aquellos a los que dicen representar. En las noticias aparecidas en algunos medios estos días según las cuales los eurodiputados se niegan a viajar en clase turista y a congelar sus salarios se observa esta perversión de la representatividad. Mientras se bajan o congelan salarios y pensiones, se reforman las condiciones laborales (para mal del trabajador), se recortan gastos sociales y se ajustan (al alza) medidas fiscales, estos supuestos representantes se niegan a perder sus privilegios (¿de clase?) y a realizar el ajuste económico al que obligan a sus representados.

Con estas decisiones, nuestros representantes políticos se están convirtiendo en una especie de casta, en una oligarquía privilegiada que se separa cada vez más de aquellos a quienes representan y que les han elegido libremente para hacerlo, dejando la democracia parlamentaria en una situación tan agónica que ambos vocablos ya sólo sirven como complemento necesario de un discurso vacío y falso.

Bibliografía

  • Montero, Daniel: La casta: el increíble chollo de ser político en España. Ed. La Esfera de los Libros, 2009
  • Lassalle, J.M.: Liberales: Compromiso cívico con la virtud. Ed. Debate, 2010
  • Quevedo, F. y Forcada, D.: El negocio del poder: así viven los políticos con nuestro dinero. Ed. Áltera, 2009
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