lunes, 23 de mayo de 2011

Fluido argumental

El político, entre otras cualidades que no voy a enumerar ahora, debe tener una que es principal y que está en el primer epígrafe del primer capítulo de todo manual de política práctica. Hablo del don de la oportunidad, entendido como la capacidad de argumentar cualquier circunstancia en beneficio propio. Así, si Obama gana las elecciones en EE.UU., unos dirán que la sociedad ha reaccionado contra el liberalismo y otros que la sociedad defiende el liberalismo si bien de modo más moderado. Si la economía y las finanzas se sumergen en una crisis de ámbito mundial gracias a las políticas globales, unos lo utilizarán como eximente de todas sus incapacidades y los otros ningunerarán la crisis mundial para centrarse en la crisis local, como si una no fuese consecuencia de la otra. Que miles de ciudadanos indignados acampan en una céntrica plaza de la capital de un país reclamando más democracia, más justicia, más participación o más trabajo, pues unos dirán que son renegados del grupo en el poder y otros que son descontentos con el neoliberalismo sistémico imperante. Habrá incluso (¡oh, hados de la iluminación!) que dirán que son de HB o de Bildu (¿ein?). Y además, todos argumentarán sus tesis haciendo bueno el análisis parcial en vez del global, centrándose en la parte en vez de en el todo o, como dirían los escolásticos, en el accidente en vez de en la esencia.

Pues bien, este don de la oportunidad conocido entre el pueblo llano como "arrimar el ascua a tu sardina" suele tener su día de gloria en el siguiente al de unas elecciones de candidatos. Ya sean estas generales, autonómicas o locales (de las europeas mejor no hablar porque son un sainete en vez de unas elecciones), al día siguiente todos tienen su particular punto de vista de los resultados. Está el eufórico, el taimado, el agorero, el cabal o incluso el resignado pero nunca se verá al responsable, a aquel capaz de interpretar el porqué de su derrota o de su victoria. Es fácil ver, de acuerdo con esto, a gente lanzándose a la calle loca de alegría como si hubiésemos ganado otra vez la copa del mundo y a otra dándose palmadas en la espalda (estamos contigo en este trance, amigo). Esto es más propio de hooligans que de representantes populares. En otras palabras, son reacciones más propias de la competición deportiva que del terreno de las ideas. Yo no veo a Galileo saltando como un loco "¡¡Tooooma, la que gira es la Tierra!! ¡¡Chúpate esa!! o a los amigos de Einstein "Dame una E, dame un Igual, dame una M, dame una C (al cuadrado), reeeelatividad!!" Vamos que creo que son reacciones que demuestran cuál es la preocupación ideológica o filosófica de esta gente.

Si la política fuese lo que era en la Grecia clásica (no en Roma, donde ya apuntaba maneras) todos -no sólo los políticos, nosotros y nosotras también- deberíamos esforzarnos por comprender, por analizar no sólo nuestra derrota sino también nuestra victoria porque significaría el fracaso o el éxito de una idea, de una forma de entender la sociedad y por tanto el mundo en el que vivimos. Eso nos llevaría a aceptar las tesis contrarias a la nuestra, de demostrarse verdaderas o adecuadas, o a refutarlas con otras tesis argumentadas, de ser falsas.

Ya sabemos que esto no es así en la política actual. Lo que vence o es derrotado es un proyecto. No lo digo yo, lo dicen ellos mismos. Es decir, lo que nos venden (porque de eso se trata) es futuro (proyecto), variables de un entorno cambiante, inversión cortoplacista, activos de riesgo. Eso es todo: incertidumbre y promesas. No hay bases deontológicas o principios ideológicos declarados más allá de banalidades y generalidades. Por ejemplo (hay muchos más, pero sirva este botón clásico), todo político abomina de la palabra "corrupción" como de un tumor maligno pero nadie dice (y luego cumple, claro) que ante la más mínima duda razonable de "actos políticos impuros" cederá su mando, su escaño o lo que sea. Los casos de renuncia o dimisión son rara avis en la política aunque se pidan incluso a gritos en el Congreso, eso sí entre ambos lados del hemiciclo y con el mismo resultado en ambos casos.

En resumen, que todos los políticos y los grupos que los respaldan se afanan en acomodar sus argumentos a los resultados porque mientras que los últimos son lo que son, los argumentos de los políticos son maleables y adaptables como los fluidos. Así les será mucho más fácil adaptar las nuevas situaciones o circunstancias a un proyecto flexible y cambiante que a una estructura ideológica ferrea y cuya renovación sólo existe en su renacimiento.

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